Archivado en: Uncategorized | Etiquetas: Carmen del Mar, Compañía Trasmediterránea, Floria, ISCOMAR, Javier Carrasco, José Manuel Jiménez Morales, Juan Pedro Rodríguez, Silja Lines, Villa de Agaete
Juan Carlos Díaz Lorenzo
De nuestro archivo seleccionamos esta foto tomada en la segunda quincena del mes de octubre de 1987 a bordo del ferry Villa de Agaete, en la maniobra de salida del puerto de Santa Cruz de La Palma en viaje a Santa Cruz de Tenerife. En ella vemos a su capitán, José Manuel Jiménez Morales; el segundo oficial, Juan Pedro Rodríguez y el alumno Javier Carrasco, en su primer embarque como tal. El marinero que está al timón es Juan Sánchez Sánchez, apodado “el Sevilla”, por ser nativo de dicha ciudad.
El capitán Jiménez Morales, de gratísimo recuerdo, estuvo algunos años al mando de éste y de otros barcos de Compañía Trasmediterránea hasta su prejubilación. El oficial Juan Pedro Rodríguez, buen profesional de feliz memoria, también está jubilado y el entonces alumno -que volvería a este barco en su primer contrato como segundo oficial- es, desde hace años, capitán de Fred. Olsen Express.
Y el barco, casi gemelo del Ciudad de La Laguna, fue uno de los mejores de su tipo que han enarbolado bandera española. Construido en Finlandia y entregado en abril de 1970 con el nombre de Floria (Silja Lines), en julio de 1975 lo compró Compañía Trasmediterránea y en mayo de 2002 fue vendido a ISCOMAR y rebautizado Carmen del Mar, nombre con el que en septiembre de 2008 fue vendido para desguace.

El capitán Jiménez Morales controla el paso de las "kamewas" en la maniobra de salida del ferry "Villa de Agaete"
Foto: Juan Carlos Díaz Lorenzo
Archivado en: Uncategorized | Etiquetas: Álvaro Rodríguez López, Compañía de Vapores Correos Interinsulares Canarios, Compañía Tomatera San Miguel, Enrique Wolfson, Fred. Olsen & Co., Hamilton y Cía., José Peña Hernández, Juan Padrón Saavedra, Navegación de cabotaje en el sur de Tenerife, Otto Thoresen, Pedro de las Casas Alonso
Juan Carlos Díaz Lorenzo
A comienzos de 2008, el doctor Pedro de las Casas Alonso contactó con quien suscribe para ofrecerme que le escribiera el prólogo de su libro titulado Navegación de cabotaje en el Sur de Tenerife, encargo que acepté con sumo agrado y me permitió conocerle, al igual que a su esposa, Pilar Monteagut Rodríguez, forjándose, a partir de entonces, una entrañable amistad.
Pedro de las Casas quedó satisfecho con el texto que le preparé y yo feliz de que fuera así. El libro se presentó en los primeros días de septiembre de 2009, fecha en la que me encontraba ausente, por lo que no pude asistir, pero supe que fue un éxito rotundo y más con la presentación de mi buen amigo Juan José Arencibia de Torres.
El citado libro está en mi mesa de noche y aunque lo he leído ya unas cuantas veces, vuelvo a releerlo con verdadero placer. Es un deleite para la memoria y los sentidos. Hacía tiempo que no hablaba con su autor y, sorpresas de la vida, al día siguiente de la última vez en la que estuve releyendo en dicho libro el protagonismo de José Peña Hernández, supe la noticia de su fallecimiento, lo cual, además de causarme una gran impresión y tristeza, al mismo tiempo y como sentimiento encontrado, también la profunda satisfacción de haberle conocido y tenido entre mis amigos.
A modo de homenaje sencillo a la memoria de un hombre extraordinario, nacido en Adeje y de raíces palmeras, médico de fecundo magisterio en la especialidad de aparato digestivo y que rindió su última singladura a la edad de 79 años, publicamos para conocimiento de nuestros lectores el prólogo de su último libro en coautoría con Sebastián Martín Melo [Sebastián Martín Melo e Hijos, S.L., Santa Cruz de Tenerife 2009].

Portada del último libro del doctor Pedro de las Casas Alonso
Dice así:
“Durante años, muchos años a decir verdad, incluso después de que la carretera general del Sur posibilitase la comunicación efectiva con la capital tinerfeña, el cabotaje mantuvo un destacado protagonismo en la actividad comercial de la comarca Sur y Suroeste de Tenerife, especialmente en el tráfico ‘feeder’ de tomates y frutas, para su posterior transbordo en el puerto tinerfeño, sobre el muelle o al costado de los barcos que habrían de llevar las preciadas cargas verdes a sus destinos de Inglaterra y el Continente.
Sin embargo, el cabotaje había adquirido carta de naturaleza, por obvias razones, desde mucho tiempo atrás, si bien su desarrollo consistente se produce a partir de la década de los años veinte del siglo XIX, época en la que los veleros recorrían las recortadas costas y enlazaban de manera irregular los pequeños puertos y tenederos del Sur de Tenerife y el Norte de La Gomera con la capital de Canarias -que así lo fue Santa Cruz de Tenerife hasta 1927-, cruzando la mar isleña en demanda de cargas y pasajeros, acogidos siempre a la suave limosna de la brisa.
A partir de 1888, con la creación de la Compañía de Vapores Correos Interinsulares Canarios, el panorama de las comunicaciones marítimas en el archipiélago empezó a cambiar. Los primeros barcos de esta empresa, que era una filial de la poderosa naviera británica Elder & Dempster, introdujeron un nuevo concepto, como era la regularidad en el servicio de acuerdo con unos itinerarios previamente establecidos y sometidos a un programa oficial y su correspondiente subvención. En aquella decisión tuvo mucho que ver el ministro Fernando de León y Castillo, cuya memoria enaltece Gran Canaria y su provincia con merecido elogio y, sin embargo, la nuestra le ignora sistemáticamente, acaso por su enardecido y relevante papel en el Pleito Insular que provocó la división provincial.
Por espacio de casi veinticinco años navegaron en la mar isleña los primeros vapores que habrían de recibir el apelativo popular de ‘correíllos negros’, todos ellos con nombres netamente canarios –León y Castillo, Viera y Clavijo, Almirante Díaz, Pérez Galdós, Tenerife … – y algunos fletados -Joaquín del Piélago, Mogador, Rabat, A. Cola, Delfín …- hasta que llegó el concurso de 1911, que volvió a ganar la citada Compañía de Vapores Correos Interinsulares Canarios y justificó la construcción de seis nuevos correíllos, tres grandes -La Palma, León y Castillo y Viera y Clavijo- y tres “playeros” -Lanzarote, Fuerteventura y Gomera-Hierro, pasando éste último a llamarse sólo Gomera cuando en 1929 se compró el vapor Hierro- cuya presencia y memoria está en la mente de cuantos viajaron en ellos y todos los que amamos la mar y los barcos. Estos “nuevos” correíllos hicieron posible las comunicaciones interinsulares y con la vecina costa africana, con un nutrido historial y protagonismo, hasta finales de la década de los sesenta y mediados de la siguiente el último de ellos, caso del vapor La Palma.
Paralelamente surcaron la mar isleña otros barcos de armadores privados, sin subvención estatal, que tejieron una auténtica red comercial, en la que el Sur y el Suroeste tinerfeño se convirtieron en uno de sus escenarios más importantes. Elemento vital para el auge del cabotaje en esta zona de la isla fue, sin duda, el cultivo del tomate y del plátano, cuya presencia en la vasta comarca que abarca desde Granadilla hasta Adeje se remonta a finales del siglo XIX y, en menor medida, el pescado, debido a las explotaciones industriales de Playa de San Juan y Alcalá, todo lo cual queda perfectamente documentado en el libro Navegación de cabotaje en el Sur de Tenerife, del doctor Pedro de las Casas, cuya trayectoria profesional e investigadora resulta honrosa y meritoria.
El autor nos presenta un estudio detallado y preciso, que adquiere su máximo nivel en los capítulos III al VI, titulados Cabotaje en el sur tinerfeño. Una etapa singular; Navieras vinculadas al Sur tinerfeño, Puertos frecuentados por el cabotaje y Ocaso del cabotaje en el Sur tinerfeño, respectivamente.
Capítulos enjundiosos son los dedicados a las navieras vinculadas con el sur tinerfeño y los puertos frecuentados por los barcos del cabotaje, pues se convierten en evocación del pasado y espejo de una etapa importantísima del comercio de Tenerife. Todas las navieras que el doctor Pedro de las Casas recoge en su libro han desaparecido, como así sus barcos, pero nos queda el testimonio de aquellos protagonistas, caso de Enrique Wolfson, Hamilton y Cía., Otto Thoresen, Fred. Olsen & Co., Álvaro Rodríguez López, José Peña Hernández (y su vinculación con la Compañía Tomatera San Miguel) y Juan Padrón Saavedra, por citar sólo a los más destacados. Hemos de precisar, no obstante, que en el caso de Hamilton y Cía., un tramo de la línea sucesoria mantiene su presencia en el sector marítimo, caso de la consignataria Hamilton y Cía., una de las más importantes y prestigiosas de Canarias y respecto a Fred. Olsen, la generación actual que está al frente de la compañía es bisnieta de quien en 1904 llegó a La Gomera.
Junto a estos nombres que han permanecido y permanecen en la memoria colectiva, existen otros personajes que también tienen su espacio en la historia marítima de Canarias y de los que el doctor De las Casas rinde cuenta en su trabajo, teniendo presente, además, a aquellos constructores de barcos que hicieron su mejor labor a orillas de la costa sur de Tenerife, caso de la familia Castellano, en Porís de Abona; José Martín, en Los Cristianos; y Ramón Padilla y Javier Pérez, en La Gomera, entre otros, sin olvidar los antecedentes, y su merecida fama, de los astilleros de Santa Cruz de La Palma y especialmente de los hermanos Arocena, que tanto prestigio dieron dentro y fuera de nuestras fronteras.
No obstante, y sin dudarlo, el cabotaje fue posible gracias al buen quehacer de unos hombres hechos a sí mismos y curtidos en la mar, en las singladuras de mar brava y aparejo aferrado y mar mansa y calma chicha de sol y moscas. Siempre vigilantes y atentos al riesgo que les era consustancial, aunque los barcos tuviera una brújula y en las noches les acompañaban los destellos de los faros de Punta Abona, Punta Rasca, Punta Teno y San Cristóbal, poco entendían aquellos hombres de cartas náuticas y de rumbos trazados y, como dice el doctor De las Casas, ‘casi les bastaba sentir la brisa y el tiro de la vela ( … ) Tanta era la pericia de aquellos marineros, que ha sido comparada con el instinto de las palomas mensajeras y otras aves migratorias, que vuelan inequívocamente hacia el lugar de su destino’.
Vinculados de manera indisoluble con la evolución y el protagonismo del cabotaje en el Sur de Tenerife aparecen un rosario de puertos de escala, que deben su existencia, precisamente, al impacto que sobre ellos mantenía este tráfico, caso de Porís de Abona, El Médano, Los Abrigos, Las Galletas, Los Cristianos, La Caleta y El Puertito de Adeje, Playa de San Juan y Alcalá y los de San Sebastián, Puerto de Santiago, Valle Gran Rey, Vallehermoso, Agulo y Hermigua, en La Gomera, estrechamente unidos a la historia del Sur de Tenerife y del cabotaje y, en el caso de los tres últimos, y debido a las especiales condiciones de la mar y de los enclaves donde se sitúan, por los célebres pescantes, ingeniosos medios mecánicos que hicieron viable el desarrollo económico y la vida misma en años difíciles.
En el caso del sur de Tenerife, Los Cristianos entró en una nueva dimensión a partir de 1974 y ostenta desde hace tiempo el récord de ser el primer puerto de España en número de pasajeros y se ha convertido en un importante nudo en las comunicaciones marítimas con La Gomera, La Palma y El Hierro. En otro tiempo, olvidado por muchos pero felizmente rescatado en este libro del doctor De las Casas, este puerto sureño tuvo un cierto protagonismo en el embarque de puzolanas para la fabricación de cemento. Las siempre mal llamadas “islas menores” no serían lo que hoy son sin el concurso del puerto de Los Cristianos, que hace posible, cada día, la realidad de una de las mejores autopistas marítimas de Europa.
Al desgranar el rosario de los recuerdos, el doctor De Las Casas repasa las vivencias de una serie de barcos que dieron vida al tráfico marítimo a que se refiere su autor. Aquellos barcos, que ya no son en la mar, tenían proa recta, popa de espejo, puente abierto y alta y delgada chimenea, por la que exhaustaban los negros borbotones de humo negro de las calderas que daban vapor a las máquinas ‘compound’ y las alternativas de triple expansión, pues durante bastantes años fueron estas máquinas -y en ocasiones, con la ayuda de aparejos- las auténticas protagonistas de la propulsión mecánica de la mar isleña, si bien a comienzos de la década de los años veinte del pasado siglo llegaron a Canarias las primeras motonaves del tráfico de cabotaje, dos barcos gemelos de Fred. Olsen que muy poco tiempo después pasaron a la contraseña de Álvaro Rodríguez López: Santa Úrsula y Sancho II, sin duda el más célebre y recordado, junto al Águila de Oro, de cuantos barcos han existido en el cabotaje de Canarias.
Además, muchos de aquellos barcos fueron autorizados para llevar pasajeros, tanto en cámara -un privilegio para la época- como en cubierta, dotados de toldos para resguardarse del solajero y de las inclemencias de la mar cuando sopla el alisio y los rociones de agua salada lo impregnan todo. Nombres pertenecientes en su gran mayoría a la matrícula naval de Santa Cruz de Tenerife -Ajax, Sancho, San Sebastián, San Juan, Santa Úrsula, Sancho II, El Guanche, Taoro, Adeje, Isora, Sauzal, Águila de Oro, Alcora, Amelia, Boheme, Breñusca, Delfín, Gavilán, Jesús y María, Mercedes de Abona, San Miguel, San Juan de Nepomuceno, Villa de Arico, Villa de Güímar ... - que forman parte de nuestra historia marítima, y sus estampas marineras pintaron el paisaje sureño durante décadas al resguardo de los embarcaderos, unas veces anclados a barbas de gato y otras borneando a merced del viento y de la corriente.
El trabajo del doctor De las Casas se suma al esfuerzo de un reducido grupo de investigadores afanados por el mejor conocimiento de nuestra historia marítima, naviera y portuaria. Estoy seguro de que sin su generoso aporte, ahora felizmente hecho realidad, hubiéramos perdido una parte importante del conocimiento que encierra este episodio destacado de la actividad mercantil, económica y social del Sur de Tenerife.
Hacía tiempo que el doctor Pedro de las Casas quería escribir este libro y ahora ha visto la luz impresa, que es también la luz de la vida y del conocimiento. Feliz iniciativa, por un lado e importante contribución, por otro, sustentada en una sólida base documental, respaldada por vivencias y anécdotas que hacen de Navegación de cabotaje en el Sur de Tenerife un trabajo ameno, atractivo, ilustrativo y solvente. Todo ello, además, convenientemente ilustrado con fotografías, muchas de ellas inéditas, lo que añade mayor valor al libro.
Todo un privilegio. No podría ser de otro modo conociendo a su autor, a quien quiero expresar mi más sincera gratitud por el honor que me concede al escribirle estas líneas”.
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Juan Carlos Díaz Lorenzo
Procedente de Lisboa en viaje a Mindelo (Cabo Verde), el pasado domingo, 16 de enero, arribó de nuevo al puerto de Santa Cruz de Tenerife el crucero Marco Polo, abanderado en Bahamas, con una expedición de turistas ingleses en su mayoría, en una escala de nueve horas de duración y atraque disponible en el muelle Sur, despachado por Albatros T.S.
Único superviviente del quinteto de la clase Iván Franko –todos ellos muy recordados en el puerto tinerfeño-, el crucero Marco Polo es el antiguo Aleksandr Pushkin, segundo de la serie que representó, durante años y en unión de los buques Leonid Sobinov, Fyodor Shalyapin, Maksim Gorkiy y los cinco “ferries” de la clase Belorussiya, la representación más activa y destacada de la flota mercante de pasaje de la extinta URSS.
Construidos con el sello inconfundible de los astilleros VEB Mathias-Thesen, en Wismar (antigua República Democrática Alemana) e inspirado en el buque de pasajeros Fritz Heckert -construido en el mismo astillero en 1961 y de propulsión turbodiesel-, del que adoptó el diseño del casco y de la superestructura, el crucero Marco Polo –o Aleksandr Pushkin, si se prefiere- es la construcción número 126 de la citada factoría y es un buque de 20.502 toneladas brutas, 11.005 netas y 5.180 toneladas de peso muerto. Mide 176,28 metros de eslora total -155 entre perpendiculares-, 23,63 de manga, 13,49 de puntal y 8,20 de calado. Está propulsado por dos motores Sulzer 7RND76 –fabricados, bajo licencia en los talleres H. Cegielski, en Poznan-, con una potencia de 21.000 caballos acoplados a dos ejes e igual número de hélices que le permite desarrollar una velocidad de 20,5 nudos. Entonces tenía capacidad para 650 pasajeros y asignado el código IMO 6417097.
Construido por encargo de Baltic Shipping Co., naviera con sede en la ciudad de Leningrado –nombre que tuvo entre 1924 y 1991 y desde entonces se la conoce como St. Petersburgo, como lo había sido desde su fundación en 1703 por el zar Pedro el Grande-, fue botado el 26 de abril de 1964 con el nombre del poeta ruso Aleksandr Sergeyevich Puskhin (1799-1837) y entregado a sus armadores el 14 de agosto de 1965, siendo destinado a cubrir la línea entre Leningrado y Montreal (Canadá), en la que realizó su primer viaje en abril de 1966. En 1967 incluyó en el citado itinerario una escala en Bremerhaven y entre 1979 y 1984 alternó los cruceros de turismo fletado por Transocean Tours y algunos viajes llevando a expedicionarios cubanos, haciendo escalas técnicas en el puerto tinerfeño.

Estampa marinera del buque de turismo "Marco Polo"

Un catamarán de Fred. Olsen Express se cruza a media tarde

Maniobra de salida abriéndose de popa babor al muelle
En 1985 fue transferido a la flota y gerencia de la naviera Far Eastern Shipping Co. (FESCO), con sede en Vladivostok y entonces comenzó una nueva etapa fletado por el touroperador británico CTC y con base en Sydney. Cinco años después, en febrero de 1990, el barco quedó inmovilizado en el puerto de Singapur y en 1991 fue vendido a Gerry Herrod, en el momento en que vendía su compañía Orient Lines a la francesa Paquet, siendo registrado a nombre de la sociedad bahameña Shipping & General.
Rebautizado Marco Polo, en junio del citado año arribó a los astilleros Neorion, en Syros (Grecia), donde fue sometido a trabajos de gran carena y modernización de los espacios públicos y cabinas de pasajeros, que se prolongaron en el tiempo y en noviembre de 1993 volvió de nuevo al servicio, con capacidad para 826 pasajeros en 425 camarotes y una tripulación de 356 personas. Y aunque se realizaron algunos cambios externos, en poco afectaron a su estampa marinera que evoca, sin temor a error, su aspecto clásico y su procedencia.
Las cabinas están provistas de las principales comodidades y el barco dispone, entre otros servicios, de tres jacuzzis, piscina, gimnasio, spa, fitness, teatro, discoteca, casino, biblioteca, tiendas, salas de juego… Tiene dos restaurantes llamados “Seven Seas” y “Raffies”. El primero es el principal, no tiene altos techos ni decoración estridente, pero se trata de un lugar especial con una de las mejores cocinas, según opiniones de viajeros publicadas en internet, como Fran Camino, en un viaje al Mar Negro. La vidriera tiffanys del techo es una preciosidad. El segundo es un buffet elegante y acogedor, que ofrece menús étnicos distintos cada noche.
Sus armadores también consideraron la posibilidad de comprar el trasatlántico Iván Franko, pero el elevado costo de la remodelación del buque Marco Polo hizo desistir del empeño. En julio de 1998 fue vendido a la sociedad Orient Lines (Europe) Ltd. –una filial de Norwegian Cruise Line- siendo fletado, preferentemente, por tour operadores alemanes.
Nueve años después, en julio de 2007, Norwegian Cruise Line anunció la retirada del buque Marco Polo, prevista para marzo de 2008, siendo entregado en el puerto de Lisboa a sus nuevos propietarios, Transocean Tours, que lo operó desde entonces con turismo británico y bases de operaciones en Tilbury y Dover. Desde enero de 2010 el barco está gestionado por Cruise & Maritime Vovages (CMV), cuya contraseña luce en su chimenea.
Por lo que se refiere a sus gemelos, el buque Iván Franko, cabeza de serie, fue desguazado en septiembre de 1997. Ese mismo camino siguieron los buques Shota Rustaveli (desde 2000 navegó con el nombre de Assedo), en noviembre de 2003; y Taras Shevchenko, en enero 2005. El último trasatlántico de la serie, Mikhail Lermontov, se hundió el 16 de febrero de 1986 en aguas neozelandesas, en el transcurso de un crucero de turismo.
Fotos: Antonio Sáez
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Juan Carlos Díaz Lorenzo
Los últimos años de la vida marinera de la motonave Mireya G. Masiques transcurrieron en aguas de Canarias, cubriendo una línea regular de paquetería entre Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria, en la que alternaba con sus compañeros de contraseña Cala Deyá y Cala Bona.
Estos barcos fueron los últimos exponentes del cabotaje convencional en Canarias y con ellos acabó una larga etapa. Un día, los propietarios de Agrupación Marítima (AGRUMAR) y de la sociedad Transportes Los Calas, decidieron cambiar el rumbo de su empresa y sustituyeron los tres barcos convencionales por un rolón llamado Cala Gració, que después pasaría a llamarse Naraval.

Los buques "Mireya G. Masiques" y "Cala Bona", en el puerto tinerfeño
Los buques Cala Deyá, Cala Bona y Mireya G. Masiques pasaron una larga temporada amarrados en el puerto de Santa Cruz de Tenerife. Los dos primeros fueron vendidos a otros armadores y el tercero acabó su vida marinera hundido a propósito a unas seis millas de la costa tinerfeña.
Los propietarios de AGRUMAR habían acordado el final del buque con la Autoridad Portuaria. Para ello se le preparó adecuadamente, limpiándolo de líquidos y otros materiales contaminantes y en la mañana del 4 de marzo de 1991 salió remolcado desde la Dársena de Los Llanos hasta el punto fijado de antemano.
Fuimos testigos presenciales del hecho. A remolque del remolcador Teno –patrón, Antonio García Jorge-, en una mañana soleada y tranquila, cuando llegó el momento, el personal técnico abrió las válvulas de fondo y el barco comenzó a escorarse lentamente de popa por la banda de estribor. A medida que el agua fue entrando en la sala de máquinas y en la bodega de carga, el hundimiento se aceleró y en cuestión de minutos se hundió de proa, en medio de un estruendo. Poco después, sólo los remolinos del agua atestiguaban el final del barco, que yace a unos dos mil metros de profundidad.

Comienza el último viaje del buque "Mireya G. Masiques"

Llegado al punto indicado, se abren las válvulas de fondo

Escorado de popa y a estribor, comienza a hundirse

Últimos momentos del buque, a punto de desaparecer para siempre
Por esta época, la Autoridad Portuaria resolvió el hundimiento de otros barcos abandonados en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, entre ellos el petrolero Faycán, así como los pesqueros Mar Caribe y Berenice. Del hundimiento de los dos primeros también fuimos testigos presenciales.
El buque Mireya G. Masiques era gemelo del buque Cala Bona y ambos fueron construidos por encargo de Naviera Mallorquina en Astilleros de Palma. El primero de ellos –construcción número 132 de la citada factoría- salió a navegar el 19 de abril de 1966 bautizado con el nombre de Cala Morlanda y el segundo lo hizo el 22 de noviembre de 1967.
De 258 toneladas brutas, 103 netas y 357 de peso muerto, medía 46,13 metros de eslora total -41,51 entre perpendiculares-, 7,65 de manga, 2,87 de puntal y 2,81 de calado máximo. Tenía una sola bodega y estaba propulsado por un motor MTM de 390 caballos y 10 nudos de velocidad con buen tiempo. Código IMO 6523183.
En 1973, el buque Cala Morlanda pasó a la propiedad de la Sociedad Naviera y Comercial Masiques, con sede en Barcelona y al año siguiente fue rebautizado Mireya G. Masiques. Así transcurrieron otros seis años, hasta que en 1979 el citado barco fue vendido a AGRUMAR en 9,7 millones de pesetas. Mantuvo el mismo nombre y el puerto de matrícula y actuó como unidad de refuerzo y sustitución debido a las varadas reglamentarias de los buques Cala Deyá y Cala Bona.
Nombres todos ellos que pertenecen a la historia del cabotaje en Baleares, donde transcurrieron sus primeros años de vida marinera, y de Canarias, donde el barco de esta historia encontró su final. Otros dos buques de Naviera Mallorquina, Cala Pedrera y Cala Pinar, algo más pequeños que los anteriores, también navegaron en aguas de Canarias con los nombres de Hermigua e Isla Colombina, propiedad de Negrín Hermanos, sociedad radicada en La Gomera.
Fotos: Juan Carlos Díaz Lorenzo

















