De la mar y los barcos


Encuentro y rescate de un “Drone” en el Triángulo de las Bermudas

Tomás González Sánchez-Araña (*)

Estoy seguro de que algunos de los asiduos lectores de esta página web recordarán el episodio del hallazgo de un ingenio llamado Drone (traducido del inglés por abejón o abejorro), que “pescamos” los tripulantes del petrolero español Lérida cuando nos encontrábamos al norte de Puerto Rico, en pleno Triángulo de las Bermudas. Sucedió en agosto de 1983, estando el barco al mando del capitán Luis Carmelo Díaz Rodríguez.

Yo iba de primer oficial, pues había sido arrestado después del abordaje en la bahía de Algeciras del petrolero Moncloa con el carguero Camino, de la Trasatlántica, juicio que gané pese al “acuerdo” interesado al que quiso llegar CEPSA Flota con la compañía aseguradora sin tener en cuenta los argumentos contundentes a favor de su capitán. Lo cierto es que en ese viaje iba, como digo, de primer oficial aunque con categoría de capitán efectivo y cobraba como tal.

El petrolero había sido de turbinas y desde hacía un par de años tenía propulsión diesel. La transformación se había efectuado en los tres buques gemelos de la serie –Gerona, Valencia y Lérida- en un astillero de Japón. Las turbinas Bazán-Kawasaki consumían mucho combustible y los motores diesel Hitachi-Sulzer-Man tenían un consumo más razonable. En Madrid hicieron números y se tomó la decisión oportuna.

Si cuando sucedió esta historia el petrolero hubiera sido de turbinas, que funcionaban “en automático” durante el viaje, ello hubiera significado que una parada de la máquina por alguna emergencia necesitaría unas ocho horas para alcanzar el régimen normal. Lo mismo sucedía con los motores diesel. Una súbita parada para un barco de este tipo, suponía varias horas de retraso hasta que, de nuevo en marcha, alcanzase el régimen normal de navegación. Por ese motivo había que pensárselo dos veces.

Yo estaba en el puente de mando, en la guardia de 04-08 h y 16-20 h,  que es la que corresponde al primer oficial. Navegábamos con buen tiempo y el barco a velocidad de crucero con un cargamento de unas 142.805 toneladas métricas de crudo que habíamos cargado en Coatzacoalcos, situado en el golfo de Campeche (Méjico), para la refinería de CEPSA en Santa Cruz de Tenerife.

Sobre las 17 h avistamos a lo lejos, por la banda de estribor, algo que parecía ser la silueta de una avioneta flotando en la mar y al parecer llevaba una persona (será el piloto, supusimos el marinero de guardia en el puente y yo).

El ingenio Drone, tras el hallazgo y rescate, en la cubierta del petrolero "Lérida"

El petrolero "Lérida", tercero y último de los grandes transportes de crudo que tuvo CEPSA

Pusimos rumbo a la supuesta avioneta y avisé a máquinas y al capitán que teníamos que parar, por lo que parecía ser un naufragio. Era además bastante plausible que así fuese, aunque todavía no se divisaban los detalles, pues al norte de Puerto Rico proliferan los clubes aeronáuticos y tienen mucho tráfico de avionetas.

Paramos máquinas para llegar con la inercia (barco a plena carga) hasta el objeto flotante. Arriamos un bote y embarcamos el tercer oficial, Pepo Barrasa, el contramaestre, dos marineros de cubierta y yo mismo. Nos acercamos con precaución y resultó ser un avión no tripulado, de los que la U.S. Navy llaman Drone. Los utilizan como aviones espía para tomar fotos y otros cometidos militares. Debía llevar bastante tiempo flotando a juzgar por el musgo, los cascajos y los mejillones que tenía pegados.

Estaba rodeado de pequeños tiburones y marrajos. Uno de los marineros que llevaba el bichero, estaba temblando porque le habíamos dicho que si un tiburón le pegaba una mordida al casco de nuestro bote, que era de aluminio, iríamos todos al agua y, para más inri, Manolo “el pajarito” no sabía nadar. Pero pudimos leer en proa una serie de recomendaciones, tales como: Material importante !Atención! no manipular, reward, se ruega a quien lo encuentre avise al U.S. Coast Guard o que lo entregue en una base USA. ¡Se recompensará!. Recompensa que al final fue de 500 dólares a repartir entre la tripulación del Lérida, que eran casi cuarenta personas. De risa.

Lo subimos a bordo con la grúa de popa. Orden tajante de CEPSA: silencio de prensa y desembarcar el Drone en Santa Cruz de Tenerife, puerto de destino, antes de que el barco atracara en el campo de boyas de la Hondura. Así lo hicimos. Descargamos el “hallazgo” a la barcaza de Antonio el bombero, que se lo llevó a un almacén de CAPSA en el muelle de ribera y el consignatario Antonio Cabrera (Perez y Cía.) se encargó de enviarlo hasta la base americana de Rota, cuando lo reclamaron desde la Embajada de EE.UU. en España.

Al capitán le echaron una bronca los sabios de CEPSA Flota de Madrid, por hacerme caso y parar el barco. Se les contestó que en la mar existe la solidaridad y en principio el objeto tenía todos los indicios de tratarse de “una avioneta con una persona a bordo” y podía tratarse de salvar una vida.

Probablemente, los directivos de CEPSA de entonces, que tenían terror a la prensa, estaban influenciados por el reciente episodio del avión Harrier que había aterrizado en junio de 1983 en la cubierta del buque español Alraigo, en un llamativo suceso ocurrido poco antes de nuestro peculiar “hallazgo” de mar, y que también tuvo al puerto de Santa Cruz de Tenerife como destino final. Un episodio así no se olvida con facilidad.

(*) Capitán de la Marina Mercante 




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