De la mar y los barcos


“Trasatlántica y la emigración canaria a América”, interesante y emotivo libro de Manuel Marrero Álvarez

Juan Carlos Díaz Lorenzo

A mediados de los años sesenta del siglo XX el puerto de Santa Cruz de Tenerife vivía una actividad incesante. La línea de atraque del Muelle Sur y lo que entonces existía del Muelle de Ribera y del Dique del Este estaban constantemente llenos de barcos, y la ciudad marinera que nace y se abriga al resguardo de Anaga, y que debe su existencia precisamente al puerto, favorecía el contacto directo con los barcos que iban y venían gracias al paseo sobre el espaldón, convertido en uno de los espacios públicos más transitados por la sociedad santacrucera de la época.

Esta tierra nuestra vivía entonces el episodio álgido de la emigración a Venezuela, en el que miles y miles de canarios de todas las islas y, especialmente, de Tenerife, La Palma, El Hierro y La Gomera embarcaban en el puerto tinerfeño en el viaje que habría de llevarles a una nueva vida en la otra orilla del Atlántico. En más de una ocasión, quien suscribe, siendo entonces un niño, presenció la despedida de los familiares que embarcaron en los trasatlánticos españoles, italianos y portugueses, entre ellos los célebres Vera Cruz y Santa María, a los que la publicidad de la época denominaba, y con razón, “hermosos paquebotes”.

Unos días antes, en la calle del Pilar, los familiares hacían las gestiones de pasajes en las oficinas del consignatario de la Compañía Trasatlántica Española y, enfrente, el visado correspondiente en la sede del Consulado de Venezuela. Por entonces había varias agencias que ayudaban a los laboriosos trámites previos al embarque, entre ellas la Agencia García, situada en un lateral de la Plaza de Weyler. Después llegaba el momento más emotivo. La despedida a pie de escala, entre abrazos y sollozos incontenibles de los que se iban y de los que nos quedábamos, desconsolados y, en la mente de un niño de seis años, preguntándonos que si ellos se iban, por qué nosotros no lo hacíamos también y así viajábamos todos juntos de una vez. Desde el borde del espaldón contemplábamos la salida hasta que la silueta del barco se perdía en la línea del horizonte. Para ellos había comenzado un nuevo amanecer.

Cuando regresaban algunos de los familiares que habían emigrado a Venezuela a comienzos de la década de los cincuenta, y lo hacían cada vez que sus circunstancias se lo permitían, las primeras veces venían en barco, recorriendo así a la inversa el camino emprendido unos años antes. Por lo común viajaban en los barcos de la Compañía Trasatlántica Española, entre otras razones porque a bordo se hablaba español, se comía bien y la travesía se pasaba entretenida, sobre todo cuando viajar por mar era sinónimo de placer.

Anunciada la llegada, de nuevo la familia preparaba el emotivo recibimiento a los “indianos” que venían desde La Guaira, después de siete u ocho días de navegación. La noche antes apenas dormíamos y al día siguiente, bien temprano si la llegada del barco estaba anunciada a primera hora, acudíamos ansiosos y expectantes al muelle Sur, a presenciar la entrada en la bahía del trasatlántico y escudriñar a toda prisa entre los pasajeros que se agolpaban junto a la baranda, para saber dónde se encontraban los nuestros.

Venezuela era entonces un país de promisión, al que los niños aprendimos a querer desde edad temprana siguiendo el sentimiento de nuestros mayores y nos quedábamos con la boca abierta escuchando los relatos (los cuentos, que decían) de las estadías de los parientes en La Guaira, Naiguatá, Caracas, La Victoria, Palo Negro, Santa Cruz de Aragua, Cagua, Maracay, Bejuma, Nirgua, Salom, Barquisimeto, Acarigua, Cajaseca…), abrigando desde edad temprana la ilusión de que algún día habríamos de conocer aquel territorio, del que tanto habíamos oído hablar.

Aquel deseo, en años mozos, nos parecía un sueño inalcanzable y, sin embargo, sería pocos años después de la extinción de las líneas trasatlánticas cuando, en algo más de seis horas de vuelo desde Las Palmas a bordo de un DC-10 de la compañía venezolana VIASA, tuvimos ocasión de pisar, por primera vez, el suelo de la octava isla, como muy bien la definía el entrañable amigo y maestro de periodistas, Ernesto Salcedo Vílchez, por entonces director del periódico tinerfeño El Día, en el que iniciamos nuestros pinitos periodísticos hace ahora algo más de treinta años.

Pasaron unos cuantos años y un buen día de 1984, recién incorporado yo a la redacción de Diario de Avisos, conocí al nuevo delegado regional de Compañía Trasatlántica Española, con sede en Santa Cruz de Tenerife, Manuel Marrero Álvarez. Desde el principio se produjo una empatía que ha perdurado en el tiempo. Manolo, que así es como le llamamos todos, es hombre de voz clara y precisa y tiene la sana costumbre de llamar a las cosas por su nombre, lo cual, en más de una ocasión, incomodaba a las autoridades portuarias, cuando salía en defensa de sus intereses legítimos en los costes de las operaciones portuarias en las cargas de tabaco y madera procedentes de América. Ahí está la hemeroteca de Diario de Avisos como testimonio de cuanto decimos.

Han pasado veinticinco años y la amistad con Manolo Marrero sigue igual de sólida y consistente. Al contrario de lo que la experiencia nos ha demostrado en más de una ocasión, nuestra amistad se ha mantenido indefectiblemente en el transcurso de tantos años, porque permanece ajena a intereses y oportunismos. Atrás quedaron los años de las escalas de los buques cargueros Almudena, Ruiseñada, Camino, Merced, Galeona, Belén, Valvanuz, Roncesvalles, Guadalupe I, Covadonga, Candelaria y los portacontenedores Pilar y Almudena, así como de otros buques fletados –Begoña, Mar Negro, Mar Mediterráneo, Itálica… – que mantuvieron durante años la presencia de Trasatlántica en el puerto tinerfeño, y con los que tuvimos la oportunidad -gracias al buen quehacer de Manolo Marrero- de conocer a algunos capitanes de la “vieja escuela”, entre ellos a Rafael Jaume Romaguera y Carlos Peña Alvear, a los que también unos une una buena y duradera amistad, lo mismo que a algunos relevantes directivos de la compañía, como Manolo Padín García, quien fue su director general en tiempos difíciles.

Manuel Marrero Álvarez

Portada del libro "Trasatlántica y la emigración canaria a América"

Más allá del acontecer portuario, Manolo Marrero es hombre de buena memoria y aficionado a la historia naval. Desde el principio de nuestra amistad compartimos vocación por la época de los trasatlánticos y su presencia en el puerto de Santa Cruz de Tenerife. Este libro que ahora me honro en presentarles, Trasatlántica y la emigración canaria a América, es el reflejo de aquellas vivencias, contadas por la persona que durante nueve lustros vivió tan de cerca unos acontecimientos irrepetibles, primero como responsable de tráfico de la agencia consignataria Vda. E Hijos de Juan La Roche y, después, como delegado regional de la compañía fundada por Antonio López en 1881.

Es también el reflejo de un amor irrepetible y escenificado en una compañía naviera que tanto ha significado en la historia del puerto de Santa Cruz de Tenerife –y de España y América Latina toda- y que figura entre las más antiguas de Europa, aunque la actual Compañía Trasatlántica Española –de la que sólo conserva su nombre- poco tenga que ver con aquella etapa y protagonismo tan trascendental de la Marina Mercante española y en su particular relación con Canarias.

Al desgranar el rosario de los recuerdos, Manolo Marrero nos sumerge con un lenguaje llano en una serie de episodios históricos, en los que cobra especial relevancia el vínculo con el puerto tinerfeño de los trasatlánticos españoles de la emigración a Venezuela –Satrústegui, Virginia de Churruca, Begoña y Montserrat-, como unos años antes lo habían hecho los barcos de la misma compañía que iban a Cuba –Isla de Luzón, Isla de Panay, Manuel Arnús, Manuel Calvo, Marqués de Comillas, Juan Sebastián Elcano, Magallanes y Habana-, a Argentina –Buenos Aires, Montevideo, Reina Victoria Eugenia, Infanta Isabel de Borbón y otrosy Guinea Ecuatorial –P. de Satrústegui, C. de Eizaguirre, San Carlos, Santa Isabel…-, teniendo el puerto de Barcelona como cabecera de línea –y de su matrícula naval- y Las Palmas, Santa Cruz de Tenerife y Santa Cruz de La Palma, como últimas escalas de los barcos que iban camino de América Central, antes de cruzar el Atlántico azul e inmenso.

Manolo Marrero pone especial énfasis en la figura del Conde de Ruiseñada, Juan Claudio Güell y Churruca, a quien conoció personalmente y falleció en edad temprana, en 1958, cuando regresaba a Barcelona después de asistir al bautizo de la princesa Carolina de Mónaco, hija de Rainiero y Grace Kelly. El Conde de Ruiseñada asumió la presidencia de Trasatlántica en 1943, en una situación realmente crítica para la compañía, después de que hubiera cesado la intervención estatal tras la guerra civil y con una herencia trágica, ahondada en los comienzos de la Segunda República, en la que el marcado catolicismo y el espíritu monárquico que había presidido hasta entonces la relación de la compañía con el Estado, se había convertido en una fractura insalvable en sus relaciones con el nuevo poder establecido. 

Con una flota diezmada por la guerra y sus diferentes vicisitudes, y con una legislación estricta y excesivamente intervenida propia de la autarquía, los primeros años de Trasatlántica después de la Segunda Guerra Mundial no podían ser más difíciles y comprometidos. De la flota anterior a la contienda habían sobrevivido los buques Manuel Calvo, Magallanes, Marqués de Comillas y Habana. El resto se había perdido irremediablemente, con un elevadísimo coste económico. Con un mercado muy intervenido por el INI en los tiempos de Juan Antonio Suanzes y las generosas facilidades dadas a las compañías extranjeras para que participaran del sabroso pastel de la emigración española a América, Trasatlántica mantuvo un honroso papel a pesar de los limitados medios disponibles, formando el grueso de sus efectivos, desde finales de los años cincuenta, los buques Satrústegui, Virginia de Churruca, Begoña y Montserrat. Los dos primeros, procedentes de la Empresa Nacional Elcano, fueron una compra impuesta, mientras que los dos restantes fueron adquiridos, con un permiso especial, a una compañía italiana. Otros intentos para comprar barcos de pasajeros en el mercado de segunda mano fueron abortados, ante los innumerables impedimentos de la Administración española. Por ello coincido plenamente con Manolo Marrero cuando afirma, convencido, de que si el conde de Ruiseñada no hubiera fallecido en plena juventud, el futuro de Trasatlántica, sin duda, hubiera sido otro bien distinto del que lo tocó vivir entonces y en años posteriores.

El autor pone especial énfasis en los recuerdos de los trasatlánticos Begoña y Montserrat, no sólo porque viviera en primera persona sus vicisitudes, sino porque, en realidad, pocos barcos de la emigración canaria a Venezuela alcanzaron una impronta tan significativa y dejaron una huella tan profunda. Además de sus viajes regulares de ida y vuelta a Venezuela, destaca el capítulo dedicado a los viajes extraordinarios a Australia, Santa Cruz de La Palma y el paso frente a la villa y puerto de Garachico, cuando traía a bordo una estatua de Simón Bolívar, que es la primera del Libertador americano levantada en territorio europeo.

Especialmente emotivo es el capítulo dedicado a Noelia Afonso, Miss Europa 1970, nacida en Santa Cruz de Tenerife, que viajó a América unos meses después de lograr su título europeo, a bordo del trasatlántico Montserrat. Hemos de destacar, asimismo, el capítulo que evoca la memoria de los capitanes de la Compañía, dieciocho de los cuales fueron titulares de los barcos de la emigración a Venezuela –Jesús Meana Brun, Víctor Pérez Vizcaíno, Antonio Camiruaga Astobiza, Manuel Gutiérrez San Miguel, Ángel Goitia Duñabeitia, Fernando de Campos Setién, Alfredo Cuervas-Mons Hernández, Jesús Gorospe Vertiz, Francisco Onzáin Suárez, Rafael Jaume Romaguera, Carlos Peña Alvear, Luis Foyé Canejo, José González Conde, Adolfo López Merino, Gerardo Larrañaga Bilbao, José Mauricio Ruiz Paullada, Francisco Pérez Ferrer y José Luis Tomé Barrado-, así como el que glosa la figura del consignatario de Compañía Trasatlántica en Tenerife, Vda. e Hijos de Juan La Roche, sinónimo de honradez y prestigio, cuya manifiesta lealtad a la compañía, manteniéndose ajena a otros clientes, acabaría pasándole una costosa factura y provocaría su cierre en 1984.

Para los investigadores cobra especial interés documental el anexo del libro, en el que aparecen varios ejemplos de costes de escalas y listas de pasajeros –algunas de ellas en sus primeros viajes- que embarcaron en el puerto tinerfeño camino de América, a bordo de los buques Reina Victoria Eugenia, Infanta Isabel de Borbón, Magallanes, Juan Sebastián Elcano, Manuel Arnús, Marqués de Comillas, Satrústegui, Begoña y Montserrat-, y que constituyen un botón de muestra del archivo que posee su autor y que un día salvó de la desidia de los directivos de la compañía, que habían ordenado destruirlo o quemarlo. Su actual depositario, y autor de este libro, ha manifestado, reiteradamente, su voluntad de ceder dicho fondo documental a una institución de los preserve y haga buen uso de ellos.

Hacía bastante tiempo que Manolo Marrero quería publicar este libro –su primer libro-, para que quedase constancia de sus vivencias. Desde el principio le animé a ello, porque era algo que entendía absolutamente necesario para una persona meticulosa y con una emotiva carga emocional. Luego, cuando llegó el momento de llevarlo a imprenta, el autor y yo participamos al alimón con algunas ideas, retoques y un exquisito aporte fotográfico. Todo ello es fruto de la amistad que nos une.

Ahora, querido lector, tiene en sus manos el resultado del trabajo de Manolo Marrero repartido en casi 180 páginas, que no son pocas. Estoy seguro que desde el primer momento podrá apreciar el hecho de que tanto empeño y esfuerzo bien ha merecido la pena, y se sentirá cautivado por la forma en que expresa sus vivencias. No podría ser de otro modo.

 

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17 comentarios so far
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Al leer este articulo me trajo a la memoria mi primer viaje en barco y lo bien que me trataron todos y sobre todo el cariño que teniamos a Manolo que con su frase “Que desastre chico , que desastre” nos hacia reir mucho. fueron buenos recuerdos que aun guardo en mi corazon.Noelia.

Comentario por NOELIA AFONSO

me gustaría saber, donde se consigue el libro. gracias

Comentario por rosa arvelo

Hola: en el otoño de 1903, mi abuelo Juan Chinea Chinea, abandonó Canarias rumbo a La Habana, en el Vapor Buenos Aires, pertenecient a la CTE. Quisiera saber si el libro brinda información sobre la inmigración a Cuba de aquella época.. o solo posterior!. Me encantaría conocer más detalles de la compañía. Cuanto costaba un pasaje, cuantos días tardaba la travesía y cosas por el estilo. Mi abuelo huyo de La Gomera, y se fue de Polizón a La Habana.

Comentario por Renay Chinea Diaz

Con cariño y recuerdos he leído esta página. Querido Manolo, hice mi carrera en la CTE de Tercer Oficial a Capitán. Agradecerte tu disponibilidad a nuestra llegada a Tenerife, compartimos buenos tiempos. Y sufrimos los malos, ya como Delegado en Cádiz. Fuerte abrazo, con todo afecto.

Comentario por Pedro Abad Ballade

Hola querido Pedro: Gusto tener noticias tuyas. Sabes, dejaste aquí a un amigo. ¿Qué haces? ¿Tienes relaciones con alguien de CTE? Cordiales saludos y fuerte abrazo, Manuel Marrero.

Comentario por manuel marrero

Yo viajé en el “Satrústegui” en 1957 de La Guaira (Venezuela) a Canarias y este artículo me ha traido emotivos recuerdos de mi niñez. Saludos, José M. Amessa.

Comentario por jose manuel amessa

Le recomiendo el libro de Manuel Marrero Álvarez, en el que podrá encontrar muchos detalles de esa época, así como en otro mío, titulado “Escala en Tenerife”. Gracias por sus palabras y su visita a mi web.

Comentario por jcdl

hola amigos del “Begoña”

Comentario por mpilar

Yo hice la travesía Vigo-LaGuaira, el 31 de enero de 1960 a 10 de febrero. Gracias por los recuerdos. Un saludo.

Comentario por mpilar

A pesar de los años, sigo añorando mis viajes de Marino mercante en la CTE. Embarqué en el Camino en el año 1974 con Bernardino Vez de Bufalá de Capitán, otros buques fueron: Roncesvalles, Valvanuz, Galeona, Coromoto y Guadalupe aleman (Robert Von Hoffen). Recuerdo que inauguramos la ruta del Pacifico por el Canal de panamá. Recuerdos y anécdotas muchisimas y lo que si mas recuerdo es a los buenos marinos y caompañeros. Un abrazo de José Manuel Bermúdez Garrote

Comentario por José Manuel Bermúdez Garrote

Muchas gracias, señor Bermúdez, por sus comentarios y recuerdos. Es muy grato encontrar testimonios como el suyo. Saludos cordiales,

Comentario por jcdl

Añado algo más. Capitán: Francisco Onzain, 1º Oficial Pepe Catalá, en el Roncesvalles, Aguilella en el Valvanuz, Eliseo Campal en el Galeona, Jaume en el Guadalupe, José Angel González en el Coromoto, etc, etc…

Comentario por José Manuel Bermúdez Garrote

Es muy grato leer a personas como José Manuel Bermúdez recordando aquellos años inolvidables, donde el bueno de Bernardino vez de Bufalá mandaba el “Camino” y también a otros Capitanes y mejores personas como Paco Onzain, Catalá, Aguilella, nuestro querido Rafael Jaume, etc. Algunos de ellos nos han dejado, pero nuestro recuerdo y nuestro agradecimiento perdura por la profesionalidad, honestidad y amistad que siempre nos brindaron.
Fuerte abrazo, estimado José Manuel

Comentario por Manuel Marrero

[…] “Virginia de Churruca”, “Begoña” y “Montserrat”, como el invitado evoca en su libro “Trasatlántica y la emigración canaria a América” y del protagonismo que Compañía Trasatlántica Española tuvo en el transporte de carga entre […]

Pingback por Manuel Marrero Álvarez, invitado de la Academia Canaria de Ciencias de la Navegación « Del acontecer portuario

En principio un saludo a José Manuel Bermúdez Garrote al que conocí en el lejano 1974 en el buque Camino y que actualmente lo ubico de práctico de puerto en La Coruña.
Durante unos 13 años (1969-1982) pertenecí a la flota de la Cia. Trasatlántica, tanto de Oficial de Máquinas como de Jefe del Departamento para después incorporarme a la Naviera Elcano.
Dejo estas letras para reivindicar la memoria de algunos de los brillantes Jefes de Máquinas que tuvo la naviera y que personalmente conocí: Antonio Martínez Calvo, Saturnino Bedia, Ramón Comas, Manuel Pelaez Ayala, Carlos Monge Esteban, Felix Bustamante, Juan Tejero, Juan Espejo, Felipe Ruíz, Jesús Castro, Carlos Larrabeiti, José Luís Fraguela y tantos otros que quedan en el recuerdo.
Reivindicar también a la marinería modesta en sus diversos cometidos y grados. Oficiales anónimos de puente, máquinas y radio que supieron estar a la altura que la Naviera requería en el día a día.
Mi sincera felicitación al Capitán D. Carlos Peña Alvear (con quien nunca coincidí) por su hermoso libro “Historias de barcos de la Compañía Trasatlántica”, me trajo, entre otros recuerdos, los lejanos días del socorro prestado a la T/N Monserrat del que fui testigo y colaborador desde la T/N Begoña.

Gerardo-Román Gil Álvarez

Comentario por Gerardo-Román Gil Álvarez

guauu eres un genio te felicitooo

Comentario por trinu

El 3 de Julio de 1956 estaba en medio oceano camino de Caracas a bordo del ‘Virginia de Churruca’. Estoy tratando de reconstruir ese viaje, salida, trayecto, duración del viaje, tripulación al mando etc . cualquier cosa relativa al mismo me vale.
Con el tiempo trabajé en la Cía.Trasmediterránea y me enteré que ese mismo barco había prestado servicio allí como ‘Isla de Formentera’ e incluso conocí a su ultimo capitán, pero no me supo contar nada del período que me interesaba.
Muchas gracias por adelantado.
Adolfo (amm2001@gmail.com)

Comentario por Adolfo Mendoza




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