De la mar y los barcos


Cuaderno de bitácora (I). Viaje a La Meca en Ramadán (1959)

Eduardo García Osés (*)

Entramos en Casablanca para tomar pasaje para Jeddah, puerto de la Meca, en el Mar Rojo, Arabia Saudita. Es el mes de julio, normalmente abrasador en la península arábiga. Las horas que preceden al embarque, el muelle se va llenando de una abigarrada multitud de  varios miles de personas, que dan un aspecto de precioso exotismo para un europeo no acostumbrado a ver esos miles de limpísimas chilabas blancas, turbantes, elegantemente colocados, feces rojos, y gorros varios, repujados y   en colores vivos, con que  cubren la cabeza, poniendo un toque de amapolas en el blanco, y barbas, venerables barbas blancas o negras. Se echa de menos a las mujeres.

Se van al Ramadán, y son unos 1.300. Pero hay muchos más, pues vienen a despedirles las familias y los amigos. También, entre ellos, vendedores de artesanías de cuero, sedas  y baratijas. Y todo es colorido, actividad, dinamismo, gestos, risas. El viaje no va a ser muy largo y el regreso será dentro de un mes, pues. 

El barco es el Marqués de Comillas, de la Compañía Trasatlántica Española, buque de pasaje al mando del capitán Antonio Camiruaga Astobiza, que ha sido y sigue siendo, cordón umbilical entre España y Cuba desde el año 1928. Este es un viaje especial en el que se rompe por poco tiempo la línea a Cuba. También aquí hace calor, pero soportable. En medio de un animado bullicio empiezan a embarcar y el servicio de fonda les controla la documentación y les asigna el camarote o el sollado en el que pasarán el viaje.

El trasatlántico "Marqués de Comillas", protagonista del histórico viaje

El barco tiene camarotes para 890 pasajeros, por lo que el resto va en literas habilitadas, en sollados. Incluso se han hecho, de madera, unos retretes en salientes del costado, para que no se colapsen los normales. Todo está preparado para la aventura. Es un viaje especial, que nos llena de ilusión por el contacto que vamos a tener con otra cultura, conviviendo con ellos, durante un mes largo y con la gran oportunidad de ver Jeddah, La Meca, la  Kaaba, los lugares santos de lslam.

Una vez a bordo todo el pasaje, largamos cabos  entre el griterío de la multitud, que se despiden alborozados. No hay lloros, no hay tristeza. Los que se van, son privilegiados, pues  pueden cumplir la recomendación del Corán, de visitar La Meca, al menos una vez en la vida. Y ya salimos al océano Atlántico, que nos recibe bien, con una mar en calma, de un azul intenso, como el cielo, aunque éste está adornado por algunos cúmulus de buen tiempo, blancos, algodonosos.

El ocaso está próximo y el Sol desciende, lentamente, próximo ya al horizonte. En el lado de tierra, la ciudad blanca, haciendo honor a su nombre, nos muestra una silueta plagada de minaretes, que brillan a la luz del atardecer, con luz intensísima y a la vez suave, desde donde el almuédano llama a la oración al pueblo, cuando llega el nuevo día.

Una vez en la mar, el pasaje se afana en colocarse bien en sus camarotes y sollados, en ordenar sus pertenencias de mano, que no son demasiadas. También piden permiso para montar alguna jaima en cubierta, y ahí está la marinería ayudándoles, incluso con faroles de petróleo dentro. Y sin  más novedad, finalizamos la singladura.

(*) Capitán de la Marina Mercante


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El Marques de Comillas lo aviste por primera vez en Santander

Comentario por Alfonso Diaz Arnal




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