De la mar y los barcos


Cuaderno de bitácora (II). De Casablanca a Jeddah (1959)

Eduardo García Osés (*)

La noche es estrellada, sin luna, por lo que brilla el firmamento en todo su esplendor. Destaca en estas noches el Triángulo del Verano, formado por las estrellas Altair, Vega y Deneb; la más brillante es Vega, que dentro de 23.000 años ocupará el lugar que hoy ocupa la Polar. Vega, azul y rutilante, está a 25 años luz mientras que el Sol lo tenemos sólo a ocho minutos, como quien dice, ahí mismo.

Paseo despacio, tranquilo, por el alerón del puente y  contemplo el cielo, consciente de que navego en una nave espacial que se llama Tierra. Percibo su movimiento de rotación, fruto de años y años de observación… Esa consciencia no es posible en las ciudades, pues, en ellas no existe el cielo. Aún es noche cerrada, y se empieza a ver gente en cubierta. Algunos suben al puente a preguntar por dónde sale el Sol. Tienen que rezar a la salida del Sol, mirando a la Meca, así que se preparan con tiempo. En pocos minutos, una tenue claridad empieza a dibujar la línea del horizonte; los musulmanes lo perciben enseguida, y se avisan unos a otros. “La Aurora de los rosados dedos empieza a asomarse”, como se dice en la Odisea, se torna pronto en un  rojo violento, anuncio del disco solar, presagio de un día luminoso de verano.

El pasaje en cubierta empieza a situarse para la oración. Forman hileras ordenadas, cada uno despliega una pequeña alfombra delante, se quitan las babuchas, que dejan a un lado, y situándose sobre ella, comienzan las postraciones, llegando a tocar el suelo con la frente una y muchas veces, con gran devoción e irradiando espiritualidad. Con las chilabas blancas, cubriéndolo todo, el aspecto de este oratorio es de solemnidad impresionante, mucho más cuanto que la cúpula de improvisado este templo es una, tan maravillosa, que ni la de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel la puede igualar: me refiero el cielo azul de un día resplandeciente.

Cubierta del buque "Marqués de Comillas", vista desde popa

Creo que es una buena forma de comenzar el día, desde el punto de vista del ejercicio físico. Con el moral no me meto, pues es la conducta de ellos el que me lo va a dar. De devociones que son puro teatro, sabemos mucho los que vivimos en los países cristianos. A todo esto, el Sol ya irradia vida a raudales  y recogiendo la alfombra se van, se extienden por las cubiertas, salones, comedores.

El día invita al paseo, al disfrute de la naturaleza, de la charla con el amigo, con el conocido, con el viejo, todo sensatez. Se forman corros, ¿qué pasa?. Sacan instrumentos de cuerda, también unos panderos, se colocan, les rodean y empieza a sonar una música armoniosa,  con ese deje oriental, melancólico, lleno de poesía y espiritualidad. Algunos cantan, ¿hay reminiscencias de Al Andalus?. Y la mañana transcurre alegre, ruidosa, y muestran un gran interés por ver el Estrecho de Gibraltar.

Nunca lo han pasado, nunca lo han visto, y saben que en pocas horas van a estar entre los dos Continentes. Uno, que les dominó con el engaño de civilizarlos, y el suyo, explotado, humilde, pobre, con unas oligarquías al servicio del primero. Menos mal que Alá les protege, que si no les llega a proteger… Como en el chiste, solo les falta que les dejen “preñaos”.

Y sin más por hoy, próximos al paso del Estrecho, les dejo, sin finalizar la singladura.

(*) Capitán de la Marina Mercante