De la mar y los barcos


Cuaderno de bitácora (V). Del canal de Suez a Jeddah (1959)

Eduardo García Osés (*)

Llegamos a Port Said al amanecer de un día luminoso de julio. El paso del Canal es de una gran emoción  para todos. Entrando a estribor vemos la estatua de su constructor Fernando María de Lesseps, derribada de su pedestal. El pueblo la derribó a raíz de la intervención militar anglo-francesa el año 1956, a causa de la nacionalización del Canal por Nasser. Fue uno de los últimos actos de agresión colonialista. La URSS frenó la invasión, y esta vez, cosa extraña, coincidió con los EE. UU.

El paso del canal se realiza en convoy, por lo que a la llegada se fondea en  espera de que haya el número de barcos requeridos para formarlo; pueden ser 30, 40, 80… Y en fila india y separados media milla uno de otro, se inicia el paso. Como es de una sola vía, debido a la estrechez  (unos 60 metros ) el cruce del convoy que va de Port Said al Mar Rojo, con el que va de Suez al Mediterráneo, se realiza bien en Ismailía o en los lagos Amargos, que integrados en el canal le dan más anchura. A veces uno de los convoyes debe parar en esos ensanchamientos hasta que pase el otro. De cuando en cuando vemos barcos hundidos, que dificultan aún más  el ya de por sí difícil paso. Nasser hundió 40 barcos para cerrar el canal, ante la intervención militar citada. Y en el momento en que pasamos  el canal  han sido reflotados casi todos.

Sorprende la cantidad de chatarra militar, tanques destruidos, restos de pequeños caserones calcinados, y ¡curioso¡ los soldados que hacen guardia y pasean a lo largo del canal llevan el traje típico de camuflaje, que en la selva camuflará, pero en el desierto lo que hace es resaltar mejor el blanco. Pienso que habrá sido un regalo de los judíos. Es verdad que del enemigo, ni agua.

El Canal de Suez, a vista de satélite

De nuevo me deleito sentado con los pasajeros en la jaima; casi todos se llaman Mohamed, viene a ser como nuestro Pepe, pero más abundante. Disfrutan  del viaje con la novedad que supone ir en un barco grande, con tantas cosas y ambientes cambiantes. Tomamos té con hierbabuena, fumo con ellos de sus alargadas pipas.

Al llegar a Yeddah se iniciará el mes de ayuno, que es relativo, pues no podrán comer, ni beber, ni fumar, ni el otro er, desde la salida del Sol hasta su puesta. Claro que es duro, pues en esas horas es cuando realizan toda la dureza de la peregrinación, a pie, por el desierto. Les comento lo curioso que resulta para los europeos la chilaba, los ropajes anchos que usan. Me hacen comprender que son ropas adecuadas al clima, blancas y frescas, para protegerse del viento y de la arena.

Me hablan de la Meca, la ciudad sagrada de Islam y en la que nació Mahoma. En ella está la Kaaba, piedra cúbica, negra, que ya existía en la época de Abraham y que según dicen es la cara de Dios. ¿Nos podemos asombrar los cristianos de eso, cuando nosotros decimos que una hostia es Dios? Uno de ellos, ante mi incertidumbre manifiesta, me dijo sereno: “Esto es verdad, como que la piedra es dura”.  Bajo la lona que nos cubre e iluminados por los faroles de petróleo, que tiemblan ligeramente al mecerse en suave balanceo, parecemos un cuadro de misterio, de fábula, de cuento de “Las mil y una Noches”.

 Y sin más novedad finalizamos la singladura.

(*) Capitán de la Marina Mercante.

Foto: NASA (a vista de satélite)

 


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