De la mar y los barcos


Cuaderno de bitácora (VII). Divagaciones en el puente de mando (1959)

Eduardo García Osés (*)

Decepcionados por el cúmulo de ilusiones que se derrumban al enterarnos de que no podemos ir a tierra, vamos a organizar el mes de estancia que nos espera. El calor nos aplana un poco, pues todos los días sube de los 40 grados. Las guardias son más relajadas, se lee más, se oye música, se conversa, algunos pescan desde la borda. Tenemos comunicación con tierra a través de la casa consignataria; viene todos los días un joven que la representa: árabe, musulmán, lleno de vida a  sus 28 años, pero castrado  ideológicamente, víctima de un país… nos cuenta cada día y es espeluznante.

Padecen una dictadura criminal, la del rey Saud de Arabia, monarca medieval, ladrón de los recursos del país, pues allí se dice que tiene unos ingresos de “x” millones de barriles de petróleo. Se da por descontado que la riqueza que Alá o la Naturaleza puso allí es suya. Y aunque los ingresos son grandes, no se emplean con el pueblo, sino para derrocharlos en el lujo más escandaloso.

Palacios de mármol con grandes jardines, en sitios en los que la hierba es más cara que el oro, a la vez que el pueblo no sabe ni para que vive. Economía de supervivencia a través de una agricultura de escaso rendimiento, y una ganadería  modesta y cara. Le educación escolar, limitada a un grupúsculo que desprecia a la mayoría. Pero el gobierno de delincuentes que padecen, algo sabe de la importancia que tiene la escolarización cuando no la fomentan.

El puente del trasatlántico "Marqués de Comillas", visto desde el alcázar

Por de pronto, las emisiones de radio extranjeras están interferidas por medios electrónicos y no se pueden escuchar. Nosotros tenemos prohibido regalar ninguna revista o periódico a gente de tierra. Los viernes en la plaza de Jeddah cortan la mano a los ladronzuelos. Bien hecho, así esa mano no volverá a robar. Cuando nos mostramos  horrorizados ante tan tremendo crimen,  nos dicen: “Ahora ¡menos mal¡ pues se les anestesia.” En cuanto a la  mujer adúltera, la matan lapidándola. ¡Espantoso¡ y lo ve el pueblo que asiste al acto en la plaza pública. El Corán condena al hombre adúltero y a la mujer adúltera a recibir 80 latigazos. Pero los dignísimos legisladores aumentan la pena y ¡casualidad! siempre son mujeres las lapidadas.

También observamos que llega un barco de vela dos veces a la semana. Preguntamos a un guardián que contratamos, y nos dice: “Sí, es el barco que viene del Sudán, con chicas para el mercado”. Vamos de trauma en trauma. Se venden las mujeres en el mercado de esclavos. Las sudanesas se caracterizan por su belleza: altas, espigadas, esbeltas, de facciones delicadas, bonitas, con ojos muy brillantes y expresivos. Y van al mercado para que las compre el que tiene dinero, y que por eso, tiene ya cuatro esposas y las concubinas que pueda comprar. El confidente que tenemos, a sus 35 años, no tiene mujer, ni posibilidades.

Los días transcurren apaciblemente, con poco que hacer y nos sentimos absortos, sorprendidos por el horror que nos transmite la gente con la que tratamos. Los capítulos del Corán empiezan así: “En el nombre de Alá, clemente y misericordioso” ¿Cómo justificar entonces el trato inhumano y el egoísmo sin límites de sus clases gobernantes?. También de la mansedumbre de Cristo salió la Inquisición.

Y sin más novedad finalizo las divagaciones de hoy.

(*) Capitán de la Marina Mercante

Anuncios

Dejar un comentario so far
Deja un comentario



Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s



A %d blogueros les gusta esto: