De la mar y los barcos


Fotos marineras. El oficial radio Ricardo Lión Peña, tomando el sol a bordo del trasatlántico “Begoña”
septiembre 30, 2014, 9:54 am
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Juan Carlos Díaz Lorenzo

Recuerda el profesor Enrique García Melón al entonces primer oficial radio del trasatlántico “Begoña”, Ricardo Lión Peña, como a “un simpático amigo” con el que compartió singladuras en su etapa de agregado. La foto corresponde a la segunda mitad de 1960 y en ella vemos al mencionado oficial en bañador –entonces tenía 31 años- y “luciendo músculos”, que diríamos ahora, en una época en la que no estaban de moda los gimnasios a bordo y al joven Enrique con su uniforme reglamentario.

Cómo han cambiado los tiempos, si tenemos en cuenta que entonces había a bordo tres oficiales radiotelegrafistas: el mencionado Ricardo Lión Peña, primero; Fernando García Buch, segundo: y Joaquín Elvira Agudo, tercero. En la etapa en la que Enrique García Melón estuvo a bordo, el trasatlántico “Begoña” –buque insignia de Trasatlántica desde su incorporación en 1957– estuvo al mando de los capitanes Fernando María de Campos Setién y Víctor Pérez-Vizcaíno y Ojea.

Enrique García Melón y Ricardo Lión Peña, en el alerón de babor del «Begoña»

Foto: Enrique García Melón

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Recuerdos del pasado (V). Año 1969. Fallece en Tenerife el capitán del trasatlántico “Begoña”

Manuel Marrero Álvarez (*)

El 20 de junio de 1969, muy temprano, llega a Santa Cruz de Tenerife la turbonave «Begoña», cumpliendo su tradicional itinerario de línea regular procedente de América, con 138 pasajeros para este puerto, 780 en tránsito y una dotación compuesta de 204 tripulantes. En total, 1.112 personas a bordo. Su silueta comenzó a vislumbrarse en la lejanía del sur de la isla, pasada las cinco de la mañana y según se aproximaba a puerto, su alumbrado resplandecía y se distinguían sus tradicionales colores, chimenea y casco negro, con el resto pintado en blanco, sobresaliendo el intenso azul de las fundas de sus botes salvavidas.

El buque toma práctico en el antepuerto y se adentra en la dársena, avanzando lentamente hasta la sección quinta del muelle Sur, donde a la voz de «fondo», ordenada desde el puente de mando al oficial de proa, echa al mar el ancla con seis grilletes de cadena para iniciar el reviro y posterior atraque unos minutos más tarde, en la mencionada sección. El barco tiende a escorarse ligeramente a estribor debido a su poco lastre y porque en las cubiertas de esa banda, la casi totalidad de los pasajeros se arremolinan a pesar de la hora temprana, intentando los destinados a Tenerife reconocer a sus familiares y amigos que acuden al muelle a recibirlos, tras muchos años de ausencia en Venezuela y los de tránsito, por ser  los primeros en querer desembarcar y aprovechar al máximo para recorrer la ciudad, durante la corta estancia del buque en puerto. Al propio tiempo, los  empleados de CEPSA y de la Junta de Obras del Puerto, preparan en tierra sus mangueras para el inmediato suministro de combustible y aguada.

Estampa marinera del trasatlántico "Begoña"

Estampa marinera del trasatlántico «Begoña»

El «Begoña» junto a su hermano casi gemelo «Montserrat», adquiridos en Italia a mediados del año 1957 con motivo del incremento de la emigración española a Venezuela, fueron unos barcos extraordinariamente populares y dejaron un recuerdo imborrable en los miles de isleños que viajaron en ellos, formando un vínculo entrañable en la vida marinera de este puerto, efectuando escalas regularmente y de forma continuada hasta el final de sus días de mar, unos tres lustros más tarde. Pertenecían a la flota de la centenaria Compañía Trasatlántica Española y estaban adscritos al  servicio de pasajeros, Southampton, Norte de España, Centro América y Antillas Británicas.

Una vez amarrado el buque al muelle,  una ambulancia de Cruz Roja se coloca a pie de escala con el fin de transportar hasta el hospital a un viajero enfermo. El paciente no es otro que el capitán de la nave,  Luis Foyé Canejo, cuyos médicos de a bordo han dictaminado, ante su grave estado, desembarcarlo con urgencia en este puerto de Santa Cruz de Tenerife para su reconocimiento y tratamiento en tierra, siendo trasladado e internado en la Clínica Zerolo de la capital. Asume el mando el primer oficial José González Conde y una vez efectuadas las operaciones de  desembarque y embarque de pasajeros y aprovisionamiento, el buque reanuda su navegación a las 13 horas del mismo día, zarpando con destino al puerto gallego de Vigo y al de Southampton en el sur de Inglaterra.

De izq. a dcha. Rafael Jaume (capitán), Ignacio Isusi (segundo oficial) y Luis Foyé (primer oficial), a bordo del «Montserrat»

Tras varias intervenciones quirúrgicas, los facultativos nada pudieron hacer por salvar la vida de este prestigioso y joven capitán, falleciendo once días más tarde de su desembarque, el 31 del mismo mes, a la temprana edad de 45 años, causando sorpresa y profundo dolor en la familia Trasatlántica por lo inesperado, dada la excelente salud de la que aparentemente gozaba el Sr. Foyé. También en esta capital tuvo gran repercusión su muerte, debido a la cantidad de canarios que viajaron en los buques mandados por él, especialmente en su última etapa del «Begoña», o cuando desempeñaba el cargo de primer oficial en otros barcos, dejando siempre el mejor de los recuerdos debido a  su amabilidad y exquisita atención a bordo. Las muestras de dolor quedaron patentes en las manifestaciones de condolencia recibidas en las oficinas de los agentes-consignatarios de la Compañía en Tenerife, Sres. La Roche.

El puerto tinerfeño y sus gentes, que tantas veces visitó y del cual decía cada vez que su buque atracaba en sus singladuras de y para América, que era un placer llegar a él por las buenas condiciones técnicas del mismo y las facilidades que siempre encontraba su barco en todas las operaciones relacionadas con la escala, rememora con nostalgia  al ilustre marino y amigo Luis Foyé, que en ocasiones comentaba; «no concibo atracar en Tenerife y no bajar a tierra, a sentarme un rato en el  bar Atlántico y contemplar a mí barco y al mar frente a mí, mientras saboreo una taza de café o una jarra de cerveza».  Naturalmente se refería al bar restaurante situado a la salida del muelle, en los bajos del edificio del Real Casino de Santa Cruz, tan popular entre la gente de la mar y los barcos, pero que en los tiempos actuales sería harto complicado llevar a cabo esa visión, por las dificultades que presenta la edificación que «plantaron» las autoridades municipales, justo enfrente del citado bar.

El capitán Luis Foyé y sus muchas condecoraciones recibidas

Pero a pesar de las bondades del capitán Foyé, éste era un hombre de carácter, introvertido y muy difícil verlo reír, aunque para los que compartieron con él momentos de trabajo y amistad, justificaban su extraña personalidad como producto de su difícil y escalofriante pasado de juventud. Y es que con apenas 17 años, se alistó en la 3ª Compañía de la 1ª Bandera de la Legión Española de Voluntarios y  en los años 1941 a 1943 con el grado de cabo 1º, combatió junto al ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial con la  División Azul.  Vivió y luchó por sus ideales, asumiendo en todo momento que cada uno es dueño de sus actos y que el camino elegido había sido el correcto acorde a sus principios.

Estas causas influyeron sin duda a forjar un hombre enérgico y de grandes convicciones, llevando siempre consigo las ideas de la disciplina que adquirió en esa primera etapa de su vida. Tuvo enemigos ¡quién no!, algunos contrarios a sus ideas, que él jamás exteriorizó; otros por sentimientos de  envidia, pero quienes le conocimos personalmente, sabemos que fue un hombre respetuoso con todos; con sus superiores y con sus subalternos, aceptando con educación y máxima deferencia aquellas personas con opiniones e ideas diferentes a las suyas. Dicen que fue un hombre autoritario y no es verdad; más bien era  tímido y reservado, exigiendo, eso sí,  el máximo respeto a su intimidad.

Por sus acciones en el frente de batalla, lucían en su pecho  varias condecoraciones y era sin duda, el Capitán de Trasatlántica de la época que ostentaba más distinciones y honores, aunque prácticamente todos conseguidos por méritos de guerra, durante su servicio en la  División Azul; entre otros, la Cruz de Hierro de segunda clase que le fue concedida el 26 de enero de 1944. Gustaba salir a tierra de uniforme, donde prendían los pasadores reflejando tales símbolos, causando admiración en la gente de la calle, al observar un marino mercante tan condecorado. Como consecuencia de ello, también entre muchos de sus compañeros oficiales y subalternos, donde creo que se encontraba el grupo de los envidiosos, era conocido como el «Capitán medallas».

Rendía pleitesía a sus pocos amigos y nadie podía negarle su alta profesionalidad, rectitud  y el orgullo que sentía por ser capitán de la Compañía Trasatlántica Española, aunque su gran personalidad le hiciera  llevar a rajatabla aquello que le confiere la ley, de que durante la navegación le dan tal poder de mando, que nadie a bordo está por encima del capitán, convirtiéndose en «primero después de Dios» según expresión sajona.

«Ruiseñada», primer buque que mandó el capitán Luis Foyé Canejo

Su primera responsabilidad como capitán la ejerció en el  carguero «Ruiseñada», pero él se oponía a que  lo calificaran de tal manera porque decía, no era lo mismo mandar un carguero, «que estar al mando de un buque de carga de la Trasatlántica Española», con un nombre ilustre que honraba al  que fuera presidente de la naviera, conde de Ruiseñada, biznieto del marqués de Comillas y fundador de la Compañía.  Por ello, mientras fue capitán de dicho barco, al que mantenía con una imagen impoluta, impuso la obligación a todos los oficiales, usar el uniforme reglamentario en todo momento y  en especial las horas del comedor, tal como se hacía en los buques de pasaje, a pesar de que en el resto de la flota de carga de la Compañía, no fuera obligatorio. 

Asimismo,  igual que siempre se hizo en la centenaria naviera, no permitía al personal del puente de mando, sentarse en momento alguno durante la guardia,  debiendo permanecer en pié durante las cuatro  horas de servicio. Como anécdota, cabe contar que estando de Primer Oficial en el “Satrústegui” bajo el mando del capitán Jaume, éste hizo subir al puente un taburete, para que en su guardia descansara de vez en cuando, toda vez que padecía grandes dolores en una de sus piernas, como consecuencia de las heridas sufridas en la guerra por la explosión de una bomba. No solo rechazó el mismo, sino que lo hizo retirar del puente inmediatamente.

El «Ruiseñada” era un buque de 5.135 toneladas de peso muerto, 106 metros de eslora y servía la línea Mediterráneo-Centro América, con escalas en Tenerife en su viaje de retorno. Disponía de camarotes para alojar hasta 12 pasajeros, que con frecuencia se ocupaban en su totalidad. Todavía recordamos las comidas que teníamos en el  desaparecido restaurante “La Riviera”, después de la obligada visita a mediodía al comandante de Marina, donde el maítre Santiago Domínguez, mostraba su admiración por la personalidad del capitán, aunque nosotros siempre pensamos, que tal vez fuera,  por las condecoraciones que lucía en su flamante uniforme.

El trasatlántico «Montserrat», en una de sus muchas escalas en Tenerife

En el viaje extraordinario que el «Montserrat» realizó a Australia a mediados del mes de mayo de 1959 con su capacidad al completo de pasajeros vascos y griegos, el buque tuvo una travesía muy aciaga en el viaje de ida, motivado por algunas averías en su sistema de propulsión y un motín a bordo originado por los pasajeros griegos, afortunadamente sofocado por la tripulación con la inestimable ayuda de los 170 pasajeros vascos. El barco lo mandaba el capitán Jaume y llevaba de primer oficial a nuestro protagonista Luis Foyé. Asimismo, en su vuelta a España, cuando navegaba por el Océano Indico, a una 600 millas al sur de la Isla de Socotora, el viaje se convirtió en odisea, al recibir una llamada de auxilio del buque italiano “Avior” con 21 tripulantes, que sufría una vía de agua y se encontraba en peligro de hundirse.

En medio de un fuerte temporal del sudoeste, el «Montserrat» luchó durante cuatro días contra las inclemencias del tiempo, salvando finalmente a la totalidad de la tripulación, en tanto que el buque italiano desaparecía bajo las aguas poco más tarde. El capitán Jaume y los tripulantes que intervinieron en el salvamento, fueron condecorados con la Cruz del Mérito Naval de primera clase con distintivo rojo, mientras que el Sr. Foyé, que no participó en la operación por recomendación expresa del capitán debido a sus problemas físicos y a pesar de sus deseos de contribuir en el rescate, fue el único oficial de puente que no entró en el grupo de tales condecoraciones.     

Rafael Jaume y Luis Foyé, a bordo del «Montserrat». En el centro, el capitán del mercante hundido «Avior»

Su ingreso en la Compañía Trasatlántica Española se había producido el año 1953 con ocasión de la entrada en servicio de los buques mixtos  «Guadalupe” y «Covadonga»,  de 14.800 toneladas, construidos en Bilbao para cubrir el servicio Norte de España-Costa Este de Estados Unidos. Acababa de cumplir 29 años y lo hizo como tercer oficial del primero de ellos, permaneciendo en la naviera  hasta su fallecimiento, 16 años más tarde.

Sus restos mortales embalsamados estuvieron depositados durante cuatro días en esta capital, hasta la llegada el 4 de agosto de la motonave «Satrústegui» en  su regreso de América, al mando, una vez más, del capitán Rafael Jaume, que fuera su entrañable amigo y al que tuvo de primer oficial durante muchos años, tanto en la citada motonave como en el buque «Montserrat». Nos consta que Luis Foyé profesaba auténtica admiración, amistad y respeto al capitán Jaume, considerándole su mejor amigo en la Compañía. La salida del barco se produjo a la una de la mañana, hora triste como el ambiente que se respiraba en el desatraque, ondeando la bandera del buque a media asta, tanto a la salida de este puerto, como la llegada a Cádiz y destino final en Barcelona.

Y en aquella hora intempestiva de la medianoche,  desde la explanada del muelle Sur,  contemplábamos la partida del buque y despedíamos  los restos mortales de un hombre de honor como fue el capitán Foyé, quien tantas veces nos correspondió en vida, con su afectuoso saludo, gorra en mano, desde el Puente de Mando de su buque. Murió el capitán y amigo, aunque sólo esto último afectaba nuestros sentimientos, porque su mando fue reemplazado al instante; «a rey muerto, rey puesto». Pero el amigo que ahora nos deja para siempre es algo diferente; es irremplazable y solo podemos lamentar y  llorar su muerte. Por ello, en la soledad de la noche y la tristeza del momento, venían a nuestra mente algunas estrofas y la  voz melódica del gran  Alberto Cortez…

Cuando un amigo se va / queda un espacio vacío / que no lo puede llenar / la llegada de otro amigo…

Cuando un amigo se va / se queda un árbol caído / que ya no vuelve a brotar / porque el viento lo ha vencido

Recordatorio del capitán Luis Foyé Canejo (1924-1969)

En la Real Basílica Nuestra Señora de la Merced, de la ciudad de Barcelona, se celebró una  misa solemne oficiada por el párroco del templo, reverendo Lorenzo Castells, a la que asistieron, además de sus padres, hijos y hermana, directivos de Trasatlántica y numerosos capitanes y oficiales de buques surtos en el puerto. En la ceremonia, el oficiante se refirió al fallecido diciendo, como «además de su impecable caballerosidad, su notable cultura y su bien probado patriotismo, era un profundo creyente que ante la inmensidad de todos los mares, bajo la cúpula azul de todos los firmamentos, supo elevar su mirada a la altura con la fe de los convencidos y con la devoción de los limpios de corazón».  

Poco tiempo más tarde, recibimos una carta manuscrita de su hermana Maribel, desde Barcelona, en la que entre otras cosas nos decía: Querido amigo Manuel: El motivo de estas líneas, es para enviarte unos recordatorios de los funerales de mi muy querido hermano Luis (q.e.p.d.)  que sé, erais buenos amigos y que fuiste a visitarle durante su estancia en la clínica, cuyo detalle te lo agradezco mucho, etc. etc. Recibe afectuosos saludos de, Maribel Foyé».

(*) Delegado de Compañía Trasatlántica Española en Canarias (1984-1993). Miembro de la Academia Canaria de Ciencias de la Navegación.

Fotos: Archivos de Rafael Jaume Romaguera, Manuel Marrero Álvarez y Juan Carlos Díaz Lorenzo,



De Trasatlántica y CEPSA en Tenerife

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Habían transcurrido al menos 25 años desde que dos amigos del mundo de la mar y los barcos no se veían. El feliz reencuentro se produjo a comienzos de esta semana. Manuel Marrero Álvarez y Tomás González Sánchez-Araña revivieron los tiempos de profesión y multitud de anécdotas, el primero como jefe de tráfico de la consignataria La Roche, representante hasta 1982 de Compañía Trasatlántica Española –de la que después fue su delegado regional- y el segundo como alumno, oficial y capitán de CEPSA.

Encuentro emotivo, además, porque ambos son excelentes amigos de quien suscribe y amantes incondicionales del puerto tinerfeño. Una charla larga, amena, cargada de emoción en algunos momentos y una evocación de la historia cotidiana de Santa Cruz de Tenerife, de su puerto y de sus respectivas compañías navieras en el último medio siglo.

Manuel Marrero Álvarez y Tomás González Sánchez-Araña, en su primer reencuentro 25 años después

La primera coincidencia es el colegio de las Escuelas Pías, en el Quisisana. A pesar de la diferencia de edad, ambos coincidieron con el rector Pedro Turiel, el prefecto Ramón, los padres Rufino, Marcos, Suárez y Carlos y los profesores Victoriano (matemáticas) y Francisco (latín). Tomás estuvo interno en cuarto de bachillerato, enviado por su madre y tutelado por su tío el doctor Tomás Sánchez-Araña. Al curso siguiente regresó a Las Palmas para concluir allí los estudios de bachillerato y luego volvió a Santa Cruz para comenzar la carrera de Náutica.

La segunda coincidencia es la calle del Pilar, de la que Manuel Marrero es vecino desde hace medio siglo y en la que Tomás González Sánchez-Araña vivió cuando vino de Las Palmas para hacer sus estudios de Náutica. En 1961, siendo alumno a bordo del vapor “Viera y Clavijo” –capitán, Eliseo López Orduña- intentó embarcar en Compañía Trasatlántica Española para terminar sus prácticas, pero no lo consiguió. Y a Manuel Marrero le aconsejaban entonces en la consignataria en la que trabajaba que embarcase en el personal de fonda para que en algún momento pudiera ser sobrecargo en un trasatlántico.

Toda la vida profesional de Manuel Marrero Álvarez está relacionada con Compañía Trasatlántica

Nada de aquello se cumplió entonces en una ciudad tranquila que se divertía en el Parque Recreativo y en la sala de fiestas Tropicana, luego Bella Nápoli. O el rodaje en 1957 de la película “El reflejo del alma”, parte del cual se hizo en el puerto tinerfeño a bordo del buque “Ciudad de Sevilla”, dirigida por Máximo Alviano y en la que Manuel Marrero participó como extra “al lazo”. “Venía de despachar el petrolero ‘Bailén’, que estaba atracado en la punta del muelle sur, cuando me pararon y me invitaron a que participara despidiendo a unos pasajeros”.

Dicho film tenía entre sus actores principales a Armando Moreno y a María Giordano y entre los secundarios a Pedrín, bastante conocido aquí por entonces. La película se estrenó en el Cine Víctor y el tal Pedrín asistió a todas las sesiones, paseándose como una estrella entre el público asistente.

Santa Cruz de Tenerife, una ciudad tranquila y apacible

En el Edificio Estarriol, inmueble número 30 de la calle del Pilar, tuvo su sede a partir de 1959 la consignataria La Roche, en la que Manuel Marrero había comenzando a trabajar diez años antes, cuando tenía su oficina en la calle del Castillo. La Roche, dirigida por Domingo Aguiar, tenía asignadas las escalas de los petroleros “Bailén”, “Albuera” y “Philadelfia”, éste último un buque tipo T-2 fletado por CEPSA con bandera panameña y tripulación propia, al mando del capitán Francisco Alonso Marrero.

De los otros buques eran capitanes Manuel Fernaud Machado, Fernando Unceta Arenal e Ildefonso Gaztañaga Dúo, que después fue el primer capitán del petrolero “Talavera”, entonces el más grande de la flota mercante española y en el que Tomás González Sánchez-Araña embarcó en 1962.

Manuel Marrero evocó, además de los citados, la memoria de los capitanes José García Sáinz de Navarrete, Jesús Gorordo Larrauri, Antonio Pintor Martínez, José Luis Oñate Ibarra, Amós Quijada Guijarro y el oficial Juan “Juanito” Iglesias, por ser aquellos con los que más trato tuvo. Años después, por asuntos relacionados con la compensación de agujas, conoció al capitán Juan Alberto Díaz Martín, que también lo había sido de la flota de CEPSA.

El petrolero "Bailén", fondeado en la bahía de Santa Cruz de Tenerife

Del capitán Unceta recordó el incendio del petrolero “Bailén” al norte de Lanzarote, el 12 de octubre de 1956 y la varada de este mismo barco unos años después en la isla de Trinidad. Circunstancialmente se encontraba allí Manuel Padín García, entonces jefe de Tráfico de Compañía Trasatlántica Española, adónde había sido enviado por el vicepresidente José María Ramón de San Pedro, por lo que se convirtió en testigo presencial del suceso.

En la evocación de las escalas de los barcos de Trasatlántica, Manuel Marrero recordó el “rancho de los maquinistas”, que se preparaba para servirlo siempre a medianoche, y del que participó en varias ocasiones en las escalas del trasatlántico “Marqués de Comillas”.

El trasatlántico "Marqués de Comillas" y el buque-escuela "Juan Sebastián de Elcano", fondeados en el interior del puerto tinerfeño

Un recuerdo afectivo para los capitanes Francisco Onzáin, Rafael Jaume, Luis Foyé Canejo –que falleció en Tenerife-, Fernando María de Campos Setién y Carlos Peña Alvear, entre otros, que mandaron los trasatlánticos “Begoña” y “Montserrat”. Precisamente, a bordo del “Begoña” llegó a Tenerife, procedente de Jamaica, el primer licor Drambuie, hasta entonces desconocido en la isla, lo mismo que “Juanito” Iglesias”, oficial de CEPSA, trajo el primer licor Curazao que se conoció en el ámbito portuario.

Tomás González Sánchez-Araña recordó la evacuación del Sahara, en las postrimerías de 1975 y la consulta que hicieron desde la Capitanía General de Canarias para saber si el ferry “Benchijigua” –entonces buque de su mando- estaba en condiciones de participar en las operaciones. Al final no fue necesario y tomaron parte varios barcos de Compañía Trasmediterránea, entre ellos el buque “Isla de Formentera”, ex “Virginia de Churruca”, cuyo capitán, Adolfo López Merino procedía de Trasatlántica, lo mismo que Francisco Pérez Ferrer, que era capitán del buque “Isla de Cabrera”, ex “Satrústegui”, incendiado en Barcelona y posteriormente capitán del histórico “Plus Ultra”.

Tomás González Sánchez-Araña, alumno, oficial y capitán de CEPSA

Manuel Marrero Álvarez y Tomás González Sánchez-Araña comentaron también el accidente del crucero de turismo italiano “Costa Concordia”, y rechazaron el ensañamiento de la prensa contra el capitán Schettino. Manuel Marrero, que ha hecho más cruceros que años de vida tiene, sostiene que las compañías de prestigio –como es el caso de Costa Crociere- siempre ponen al mando a capitanes muy competentes. Opina que cree más las versiones de los técnicos que lo que dicen la mayoría de los pasajeros y que gracias a la maniobra realizada y la varada en la costa de isla de Giglio, ahora no estamos lamentado una tragedia mayor.

Quien suscribe (centro) hizo posible el reencuentro de dos viejos amigos

Tomás González Sánchez-Araña, además de capitán con muchos años de mando en petroleros y barcos de pasaje y director de Salvamento Marítimo en Tenerife, sostiene que la compañía tiene parte importante de la responsabilidad del siniestro y que el capitán del buque o el oficial de guardia ordenó el cambio de rumbo muy tarde, por lo que rajó parte del costado por la banda de babor contra un bajo. Todo ello se puede apreciar claramente en la evolución de la maniobra facilitada por el AIS. Influyó, además, la velocidad del barco (15 nudos), elevada para una aproximación a la costa, por lo que la reverencia o “inchino” –realizada en una ocasión anterior- ha salido muy cara. Ha sido, en todo caso, un claro error humano.

Fotos: Juan Carlos Díaz Lorenzo y archivos de Jerónimo Rodríguez Rosales y Juan José Brito Romero



Memoria auténtica de Compañía Trasatlántica

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Un grupo de antiguos directivos, capitanes, jefes de máquinas y oficiales de Compañía Trasatlántica Española se reúnen dos veces al año en Madrid, y comparten mesa y mantel mientras desgranan el rosario de los recuerdos, que son muchos en este grupo de privilegiada memoria a quienes une la amistad bien entendida y la gratitud de haber pertenecido y entregado su vida profesional al servicio de la histórica y centenaria naviera española, que tanto ha significado en la historia de este país.

Hemos de hacer la oportuna apreciación de que todas estas personas pertenecen a la etapa de “aquella Trasatlántica”, como le gusta decir a Manuel Marrero Álvarez –y que nosotros suscribimos-, es decir, “aquella compañía” que fue orgullo de la Marina Mercante española y de cada uno de los países en los que enarbolaba su contraseña y desplegaba el pabellón patrio.

De la Compañía Trasatlántica Española que después de la guerra civil, diezmada en su flota y en su personal, pudo seguir adelante en plena autarquía pese a una extraordinaria limitación de medios, gracias al empeño de Juan Claudio Güell, conde de Ruiseñada. A mediados de los años cincuenta del siglo XX había renacido con una flota impuesta por el INI y limitada por las circunstancias, lo que tuvo sus consecuencias en el tráfico de la emigración española a América, pues mientras las compañías portuguesas e italianas lo hacían con barcos mejores y más atractivos, la miopía política nacional impidió a Trasatlántica dotarse de medios y competir en mejores condiciones.

Estampa marinera del trasatlántico "Begoña"

Su casi gemelo "Montserrat", en Santa Cruz de Tenerife

"Virginia de Churruca", tras su reforma y nueva chimenea

Aún así, “aquella Trasatlántica” cumplió su cometido con holgura y su protagonismo sigue vigente en la memoria de muchos, pasajeros de sus barcos históricos –Marqués de Comillas, Habana, Virginia de Churruca, Satrústegui, Covadonga, Guadalupe, Begoña y Montserrat– nada tiene que ver con la que acabó su agonía de manera miserable.  Personas como las aquí reunidas aportaron su trabajo sin límites hasta hacernos concebir la idea del renacimiento de la naviera más importante y de mayor prestigio de España. El último tramo de su existencia corresponde a una de las vergüenzas empresariales de este país.

Rafael Jaume Romaguera

En esta ocasión, la reunión contó con un invitado de excepción: el capitán Rafael Jaume Romaguera. Su nombre está asociado al trasatlántico Montserrat, cuyo mando ostentó desde 1959 hasta 1973. Rafael, a sus 85 años, está en perfecta forma física y su memoria es prodigiosa. Nada ha cambiado en este personaje de trato exquisito, formal, serio y respetuoso, desde que le conocimos en 1984 al mando del buque Covadonga en el puerto de Santa Cruz de Tenerife. Desde hace muchos años reside en Vigo y desde allí se trasladó a Madrid en tren en compañía de su esposa.

Carlos Peña Alvear

Carlos Peña y Rafael Jaume, juntos después de muchos años

Junto a él otro capitán de la vieja escuela: Carlos Peña Alvear. Su nombre está asociado al mando del trasatlántico Begoña, que mandó desde 1971 hasta 1974. Carlos, más joven que Rafael, contagia con su memoria precisa y así lo ha reflejado en su libro “Historia de barcos de Compañía Trasatlántica”. Le conocimos en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, al mando del buque Belén, gracias, como siempre, a la gentileza de Manuel Marrero Álvarez, por entonces delegado regional de Compañía Trasatlántica Española.

José Ignacio de Ramón Martínez

José Ignacio de Ramón Martínez es ingeniero naval y asumió, durante unos cuantos años, la dirección técnica de Compañía Trasatlántica Española, en la que relevó a Valeriano González Puertas. Su nombre aparece asociado al proyecto de construcción de los dos buques portacontenedores más grandes de la flota de Trasatlántica y de la Marina Mercante española en la década de los años ochenta: Pilar y Almudena. Es un hombre erudito, de una sólida formación técnica que combina con su sabiduría humanística. Es hijo de José María Ramón de San Pedro, vicepresidente y consejero delegado de Trasatlántica, personalidad relevante en la historia de la compañía.

Manuel Padín García

Manuel Padín García desempeñó durante años la dirección comercial de Compañía Trasatlántica, etapa en la que le conocimos en una de sus frecuentes visitas a Santa Cruz de Tenerife, así como a La Palma, ocasión en la que le acompañamos en unión de Juanjo Loredo y Manuel Marrero Álvarez, cuando Trasatlántica era el soporte en el transporte de tabaco para la fábrica Capote y después Reynolds, en El Paso. Gallego de pura cepa, forjado en el trabajo y el esfuerzo constante desde que entró a trabajar en Trasatlántica siendo un muchacho, es un luchador vital. Tanto, que hoy en día sigue en plena lucha sin que desfallezca ante las adversidades.

Luis Mínguez

Luis Mínguez es radiotelegrafista de la vieja escuela. Su primer barco fue el vapor Candina, pero poco después consiguió embarque en el trasatlántico Virginia de Churruca, en el que transcurrió toda su vida profesional. Siente un afecto especial por Santa Cruz de Tenerife, su puerto preferido. Su vida está jalonada de multitud de anécdotas, casi tantas como singladuras tiene anotadas en su diario de navegación. En su última etapa profesional desempeñó el cargo de inspector de Flota de la Compañía.

Manuel Marrero Álvarez

Manuel Marrero Álvarez es un binomio inseparable que compendia Compañía Trasatlántica Española y el puerto de Santa Cruz de Tenerife. Así ha transcurrido toda su vida, desde los tiempos de la consignataria La Roche en la calle del Pilar hasta su etapa como delegado regional desde su creación en 1982 hasta su cierre en 1994. Conjuga memoria y archivo, pues conserva numerosos documentos de la historia de “aquella Trasatlántica”, a los que salvó de la basura o el fuego. Nos ha dejado un magnífico legado de sus vivencias en las páginas de su libro titulado “Trasatlántica y la emigración canaria a América”. Fiel, leal y entrañable amigo, la amistad que hoy tenemos y conservamos con los aquí citados, y algunos más, es consecuencia de ese largo periplo mantenido en el tiempo.

Lucinio Martínez Santos

Lucinio Martínez Santos trabajó en la Dirección Técnica de la compañía haciendo equipo con los ingenieros navales Javier Pinacho Bolaños-Rivadeneira y José Ignacio de Ramón Martínez. Por tanto, conoce en profundidad todo lujo de detalle las vicisitudes sufridas y los éxitos obtenidos por la flota, en su transición de buques de pasaje a buques de carga y en la expansión de la carga en contenedores. Desde los últimos años de los fatigados trasatlánticos Begoña y Montserrat, pasando por la serie de cargueros comprados de segunda mano –Almudena, Coromoto, Ruiseñada y Comillas-, los construidos en ASTANO –Camino y Merced-, hasta la serie extraordinaria de los cuatro “bazaneros”: Galeona, Belén, Roncesvalles y Valvanuz, más los barcos fletado en Alemania, los gemelos australianos, los portacontenedores Pilar y Almudena y los dos cargueros rusos Candelaria y Guadalupe I, por citar sólo los más destacados.

Juan Cárdenas Soriano

La vida profesional de Juan Cárdenas Soriano está jalonada de indudables éxitos, como el hecho de que fue el jefe de máquinas más joven de Compañía Trasatlántica, a la edad de 25 años. Unos años después asumió el cargo de inspector de Flota y, posteriormente, cuando se cerró el capítulo de “aquella Trasatlántica”, desembarcó para siempre y desde entonces trabaja en el puerto de Algeciras en actividades relacionadas con su especialidad.

Foto de familia del grupo de Trasatlántica y quien suscribe

Fotos: Juan Carlos Díaz Lorenzo



“Historias de barcos de la Compañía Trasatlántica”, excelente testimonio en forma de libro del capitán Carlos Peña Alvear

Juan Carlos Díaz Lorenzo

“Historias de barcos de la Compañía Trasatlántica” es el título del primer libro del capitán Carlos Peña Alvear, testigo presencial de la mayoría de los acaecimientos recogidos en sus páginas. Sabíamos desde hacía tiempo de la existencia del manuscrito y de la intención de su autor para publicarlo, lo que finalmente así ha sido, para satisfacción suya, de quienes amamos a la mar y los barcos y para disfrute del conocimiento de hechos históricos contemporáneos.

El libro se presentó en el pasado mes de febrero en Comillas, la histórica villa cántabra cuna de nacimiento de Antonio López y López, fundador de A. López y Cía. y de la Compañía Trasatlántica Española, después primer marqués de Comillas. Y en el mes de marzo se hizo otra presentación en Madrid, a cargo de Rafael Lobeto Lobo, ex director general de la Marina Mercante, en la librería Robinson. Después ha seguido otra presentación en el Ateneo de Santander, con una nutrida presencia de público y numerosas intervenciones de su autor en emisoras de radio, interesadas en el asunto.

Portada del libro del capitán Carlos Peña Alvear

Carlos Peña Alvear, santanderino, ingresó en 1955 en Compañía Trasatlántica Española, y en ella desarrolló su actividad profesional hasta 1992. Su primer embarque fue en la motonave Guadalupe y de alumno de Náutica llegó a capitán, asumiendo el mando de 14 buques, entre ellos los trasatlánticos Virginia de Churruca y Begoña y los buques portacontenedores Pilar y Almudena, que fueron, en su momento, los barcos más grandes de la Marina Mercante española, con los que navegó por el Golfo Pérsico durante la guerra entre Irán e Irak.

Recordamos, con todo detalle, el día en que le conocimos a bordo del buque Belén, en una escala en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, gracias a la gentileza del delegado de Compañía Trasatlántica Española en Canarias, Manuel Marrero Álvarez. Transcurridos unos años desde entonces, tanto Carlos Peña Alvear como Manuel Marrero Álvarez –y otros destacados capitanes, como Rafael Jaume Romaguera- siguen siendo unos magníficos amigos.

El capitán Carlos Peña Alvear, en el ejercicio de su cargo

En 1979, el capitán Carlos Peña fue designado delegado de Trasatlántica en Italia, donde pasó tres años, etapa en la que también fue elegido presidente de la Conferencia de Armadores CONCA. En 1982, de regreso a España, desempeñó el cargo de jefe de Fletamentos de la Compañía y un año después se desplazó a Portugal para poner en marcha la nueva delegación en aquel país.

El libro del capitán Carlos Peña Alvear comienza con una síntesis de la historia de la compañía y se centra en los años finales de los trasatlánticos Satrústegui, Virginia de Churruca, Begoña y Montserrat. A mediados de la década de los setenta, la aviación comercial había ganado definitivamente la batalla a las navieras dedicadas al tráfico trasatlántico de pasajeros.

Las compañías con vocación naviera, como Compañía Trasatlántica Española, pudieron reconvertirse a tiempo y dirigidas durante algunos años por personal eficiente y competente, mantuvieron su presencia en el tráfico de mercancías, hasta que llegó la debacle de la naviera más importante de España ocurrida, para vergüenza de sus protagonistas, hace todavía poco tiempo.

El trasatlántico "Satrústegui", en aguas de Barcelona

Foto oficial del trasatlántico "Virginia de Churruca"

Carlos Peña Alvear era bastante joven cuando en octubre de 1971 asumió el mando del trasatlántico Begoña. Y decimos esto porque, entonces, era infrecuente para un hombre de su edad en una compañía jalonada por una estructura muy rígida en la cadena de mando, pero algo había cambiado en la compañía para que ello fuera así.

La línea 3, de la que formaban parte los trasatlánticos Begoña y Montserrat, se iniciaba en Southampton y hacía escalas en La Coruña, Vigo, Santa Cruz de Tenerife, La Guaira (Venezuela), Curazao (Antillas Holandesas), Kingston (Jamaica), Cartagena de Indias (Colombia) y en el viaje de vuelta, La Guaira, Santa Cruz de Tenerife, Vigo y Southampton.

Al desgranar el rosario de los recuerdos en las páginas del libro “Historias de barcos de la Compañía Trasatlántica”, el capitán Carlos Peña Alvear nos sumerge en acontecimientos altamente relevantes, como aquel viaje al mando del trasatlántico Virginia de Churruca con el que navegó nueve mil millas con un motor marcha atrás pues había perdido una hélice, haciendo así el viaje de Curazao a Barcelona.

En abril de 1961, cuando la invasión de Bahía de Cochinos, de la que en estos días se cumplen 50 años, Carlos Peña se encontraba a bordo del buque Virginia de Churruca –capitán, Antonio Camiruaga Astobiza- en el puerto de La Habana, donde tuvieron que esperar una semana hasta que las autoridades revolucionarias le permitieron continuar viaje. Y en otro mes de abril, en 1974, llegó al mando del trasatlántico Begoña a Lisboa, un día después de proclamada la Revolución de los Claveles.

El trasatlántico "Begoña", en aguas de Santa Cruz de Tenerife

El trasatlántico "Montserrat", casi gemelo del "Begoña"

En las páginas del libro se recogen también otros acaecimientos importantes, como el transbordo de 650 pasajeros del trasatlántico Montserrat al trasatlántico Begoña, ocurrido en agosto de 1970 en pleno Atlántico. Merece destacarse, asimismo, el capítulo en el que hace un recorrido detallado por el secuestro del trasatlántico portugués Santa María y sus repercusiones en la España y Portugal de la época.

Cada uno de los capítulos está salpicado de diversos acaecimientos, anécdotas, citas de personajes y precisión en los datos. Y concluye con una semblanza a la figura del pintor José Bardasano, suegro suyo y autor de la decoración de los trasatlánticos Begoña y Montserrat (1964) y un glosario de términos náuticos y de construcción naval, necesario para quienes no sepan de barcos y refrescante para quienes llevamos su alma dentro.

El libro está ilustrado con abundante material fotográfico, en su mayoría inédito y debido al propio autor, lo que añade más interés a la publicación. El lector puede tener por seguro que el trabajo del capitán Carlos Peña Alvear es un trabajo digno, guiado por unas coordenadas profesionales y personales correctas, bien escrito, ameno, y un documento de primera mano que nos permite profundizar en el conocimiento de una etapa concreta de la Compañía Trasatlántica Española, en la que sus barcos forman parte de la historia social de nuestro país.

Ficha técnica: Historias de barcos de la Compañía Trasatlántica. Carlos Peña Alvear (autor). 296 páginas. Ediciones Tantín (Cantabria, 2010). Rústica, 17 x 24 cm. EAN 9788496920781.

Fotos: Juan Carlos Díaz Lorenzo, Teodoro Diedrich / Alberto Mantilla, Galilea y Manuel Marrero Álvarez.



Un encuentro entrañable, evocación de Trasatlántica

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Manuel Marrero Álvarez y Enrique García Melón se conocen desde hace 58 años. La amistad entre ambos se ha mantenido en el transcurso del tiempo y, especialmente, a partir de febrero de 1959, cuando Enrique embarcó como alumno de Náutica en la motonave Virginia de Churruca y Manolo trabajaba en la consignataria de Vda. de Juan la Roche e Hijos, representante en Santa Cruz de Tenerife de la Compañía Trasatlántica Española.

Después, Enrique García Melón navegó también como alumno en el trasatlántico Begoña y como tercer oficial en los trasatlánticos Virginia de Churruca y Montserrat, así como en varios petroleros de CEPSA también consignados por la oficina de La Roche, con lo que el trato con Manuel Marrero se intensificó, estableciéndose lazos que han perdurado en el tiempo.

Manuel Marrero Álvarez, Enrique García Melón y Juan Carlos Díaz Lorenzo, en el encuentro celebrado en el Casino de Santa Cruz

Ayer, Manuel Marrero Álvarez –que fue el último delegado de Compañía Trasatlántica Española en Canarias- y Enrique García Melón, que acaba de jubilarse como profesor de la Universidad de La Laguna, después de una fructífera y prolongada labor en la Escuela Técnica Superior de Náutica, Máquinas y Radioelectrónica Naval, en su condición de director del Departamento de Ciencias y Técnicas de la Navegación, volvieron a reencontrarse para evocar la memoria de los viejos tiempos y la renovación de la amistad siempre latente. Y, además, con el aliciente del obsequio y entrañable dedicatoria, por parte del primero, de su libro Trasatlántica y la emigración canaria a América. Por su gentileza, quien suscribe también fue invitado al emotivo y entrañable encuentro, en el que compartimos mesa y mantel en una animada conversación.

Manuel Marrero Álvarez fue el último delegado de Compañía Trasatlántica Española en Canarias

Manuel Marrero dedica su libro a Enrique García Melón

La dedicatoria, como el encuentro, resultó muy emotiva

Enrique García Melón lee la dedicatoria del libro de Manuel Marrero

Un apretón de manos, signo de la amistad bien entendida

El encuentro resultó muy emotivo y agradable

A mediados de los años sesenta del siglo XX el puerto de Santa Cruz de Tenerife vivía una actividad incesante. La línea de atraque del Muelle Sur y lo que entonces existía del Muelle de Ribera y del Dique del Este estaban constantemente llenos de barcos, y la ciudad marinera que nace y se abriga al resguardo de Anaga, y que debe su existencia precisamente a su puerto, favorecía el contacto directo con los barcos que iban y venían gracias al paseo sobre el espaldón, convertido en uno de los espacios públicos más transitados por la sociedad santacrucera de la época.

Canarias vivía entonces el episodio álgido de la emigración a Venezuela, en el que miles y miles de canarios de todas las islas y, especialmente, de Tenerife, La Palma, El Hierro y La Gomera embarcaban en el puerto tinerfeño en el viaje que habría de llevarles a una nueva vida en la otra orilla del Atlántico.

Unos días antes de emprender el viaje, en la calle del Pilar, los pasajeros hacían las gestiones de pasajes en las oficinas del consignatario de la Compañía Trasatlántica Española y, enfrente, el visado correspondiente en el Consulado de Venezuela. Por entonces había varias agencias que ayudaban a los laboriosos trámites previos al embarque, entre ellas la Agencia García, situada en un lateral de la Plaza de Weyler. Después llegaba el momento más emotivo: la despedida a pie de escala, entre abrazos y sollozos incontenibles de los que se iban y de los que se quedaban. Venezuela era entonces un país de promisión.

Pasaron unos cuantos años y un buen día de 1984, recién incorporado quien suscribe a la redacción de Diario de Avisos, conocí al nuevo delegado regional de Compañía Trasatlántica Española, con sede en Santa Cruz de Tenerife, Manuel Marrero Álvarez. Desde el principio se produjo una empatía que ha perdurado en el tiempo. Manolo, que así es como le llamamos todos, es hombre de voz clara y precisa y tiene la sana costumbre de llamar a las cosas por su nombre, lo cual, en más de una ocasión, incomodaba a la autoridad portuaria, cuando salía en legítima defensa de los intereses que representaba. Ahí está la hemeroteca de Diario de Avisos como testimonio de cuanto decimos.

Han pasado más de 25 años y la amistad con Manolo Marrero sigue igual de sólida y consistente. Al contrario de lo que la experiencia nos ha demostrado en más de una ocasión, nuestra amistad se ha mantenido indefectiblemente en el transcurso de tantos años, porque permanece ajena a intereses y oportunismos. Atrás quedaron los años de las escalas de los buques cargueros Almudena, Ruiseñada, Camino, Merced, Galeona, Belén, Valvanuz, Roncesvalles, Guadalupe I, Covadonga, Candelaria y los portacontenedores Pilar y Almudena, así como de otros buques fletados –Begoña, Mar Negro, Mar Mediterráneo, Itálica… – que mantuvieron durante años la presencia de Trasatlántica en el puerto tinerfeño, y con los que tuvimos la oportunidad -gracias al buen quehacer de Manolo Marrero- de conocer a algunos capitanes de la “vieja escuela”, entre ellos a Rafael Jaume Romaguera y Carlos Peña Alvear, a los que también unos une una buena y duradera amistad, lo mismo que a algunos relevantes directivos de la compañía, como Manolo Padín García, quien fue su director comercial en tiempos difíciles.

Más allá del acontecer portuario, Manolo Marrero es hombre de buena memoria y aficionado a la historia naval. Desde el principio de nuestra amistad compartimos vocación por la época de los trasatlánticos y su presencia en el puerto de Santa Cruz de Tenerife. Su libro Trasatlántica y la emigración canaria a América es el reflejo de aquellas vivencias, contadas por quien durante nueve lustros vivió tan de cerca unos acontecimientos irrepetibles, primero como responsable de tráfico de la agencia consignataria Vda. e Hijos de Juan La Roche y, después, como delegado regional de la compañía fundada por Antonio López en 1881.

El libro es también el reflejo de un amor irrepetible y escenificado en una compañía naviera que tanto ha significado en la historia del puerto de Santa Cruz de Tenerife –de España y de América Latina toda- y que figura entre las más antiguas de Europa, aunque la actual Compañía Trasatlántica Española –de la que sólo conserva su nombre y está en situación concursal- poco tenga que ver con aquella etapa y protagonismo tan trascendental de la Marina Mercante española y en su particular relación con Canarias.

El trasatlántico "Begoña", en aguas de Santa Cruz de Tenerife

Al desgranar el rosario de los recuerdos, Manolo Marrero nos sumerge con un lenguaje llano en una serie de episodios históricos, en los que cobra especial relevancia el vínculo con el puerto tinerfeño de los trasatlánticos españoles de la emigración a Venezuela –Satrústegui, Virginia de Churruca, Begoña y Montserrat-, como unos años antes lo habían hecho los barcos de la misma compañía que iban a Cuba –Isla de Luzón, Isla de Panay, Manuel Arnús, Manuel Calvo, Marqués de Comillas, Juan Sebastián Elcano, Magallanes y Habana-, a Argentina –Buenos Aires, Montevideo, Reina Victoria Eugenia, Infanta Isabel de Borbón y otrosy Guinea Ecuatorial –P. de Satrústegui, C. de Eizaguirre, San Carlos, Santa Isabel…-, teniendo el puerto de Barcelona como cabecera de línea –y de su matrícula naval- y Las Palmas, Santa Cruz de Tenerife y Santa Cruz de La Palma, como últimas escalas de los barcos que iban camino de América Central, antes de cruzar el Atlántico azul e inmenso.

El trasatlántico "Montserrat", casi gemelo del "Begoña"

Manolo Marrero pone especial énfasis en la figura del conde de Ruiseñada, Juan Claudio Güell y Churruca, a quien conoció personalmente y falleció en edad temprana, en 1958, cuando regresaba a Barcelona después de asistir al bautizo de la princesa Carolina de Mónaco, hija de Rainiero y Grace Kelly. El conde de Ruiseñada asumió la presidencia de Trasatlántica en 1943, en una situación realmente crítica para la compañía, después de que hubiera cesado la intervención estatal tras la guerra civil y con una herencia trágica, ahondada en los comienzos de la Segunda República, en la que el marcado catolicismo y el espíritu monárquico que había presidido hasta entonces la relación de la compañía con el Estado, se había convertido en una fractura insalvable en sus relaciones con el nuevo poder establecido. 

Con una flota diezmada por la guerra y sus diferentes vicisitudes, y con una legislación inflexible en tiempos de la autarquía, los primeros años de Trasatlántica después de la Segunda Guerra Mundial no podían ser más difíciles y comprometidos. De la flota anterior a la contienda habían sobrevivido los buques Manuel Calvo, Magallanes, Marqués de Comillas y Habana. El resto se había perdido irremediablemente, con un elevadísimo coste económico.

Con un mercado controlado por el INI en los tiempos de Juan Antonio Suanzes y las generosas facilidades dadas a las compañías extranjeras para que participaran del sabroso pastel de la emigración española a América, Trasatlántica mantuvo un honroso papel a pesar de los limitados medios disponibles, formando el grueso de sus efectivos, desde finales de los años cincuenta, los buques Satrústegui, Virginia de Churruca, Begoña y Montserrat. Los dos primeros, procedentes de la Empresa Nacional Elcano, fueron una compra impuesta, mientras que los dos restantes fueron adquiridos, con un permiso especial, a una compañía italiana. Otros intentos para comprar barcos de pasajeros en el mercado de segunda mano fueron abortados, ante los innumerables impedimentos de la Administración española. Por ello coincidimos plenamente con el autor cuando afirma, convencido, de que si el conde de Ruiseñada no hubiera fallecido en plena juventud, el futuro de Trasatlántica, sin duda, hubiera sido otro bien distinto del que lo tocó vivir entonces y en años posteriores.

"Virginia de Churruca", gemelo del "Satrústegui"

El autor pone especial énfasis en los recuerdos de los trasatlánticos Begoña y Montserrat, no sólo porque viviera en primera persona sus vicisitudes, sino porque, en realidad, pocos barcos de la emigración canaria a Venezuela alcanzaron una impronta tan significativa y dejaron una huella tan profunda. Además de sus viajes regulares de ida y vuelta a Venezuela, destaca el capítulo dedicado a los viajes extraordinarios a Australia, Santa Cruz de La Palma y el paso frente a la villa y puerto de Garachico, cuando traía a bordo una estatua de Simón Bolívar, que es la primera del Libertador americano existente en territorio europeo.

Especialmente emotivo es el capítulo dedicado a Noelia Afonso, Miss Europa 1970, nacida en Santa Cruz de Tenerife, que viajó a América unos meses después de lograr su título europeo, a bordo del trasatlántico Montserrat. Hemos de destacar, asimismo, el capítulo que evoca la memoria de los capitanes de la Compañía, 18 de los cuales fueron titulares de los barcos de la emigración a Venezuela –Jesús Meana Brun, Víctor Pérez Vizcaíno, Antonio Camiruaga Astobiza, Manuel Gutiérrez San Miguel, Ángel Goitia Duñabeitia, Fernando de Campos Setién, Alfredo Cuervas-Mons Hernández, Jesús Gorospe Vertiz, Francisco Onzáin Suárez, Rafael Jaume Romaguera, Carlos Peña Alvear, Luis Foyé Canejo, José González Conde, Adolfo López Merino, Gerardo Larrañaga Bilbao, José Mauricio Ruiz Paullada, Francisco Pérez Ferrer y José Luis Tomé Barrado-, así como el que glosa la figura del consignatario de Compañía Trasatlántica en Tenerife, Vda. e Hijos de Juan La Roche, sinónimo de honradez y prestigio, cuya manifiesta lealtad a la compañía, manteniéndose ajena a otros clientes, acabaría pasándole una costosa factura y provocaría su cierre en 1984.

Fotos: Juan Carlos Díaz Lorenzo y M. Galilea (archivo de Manuel Marrero Álvarez)



El viaje de Noelia Afonso, flamante “Miss Europa”, a Venezuela, a bordo del trasatlántico español “Montserrat”

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Manuel Marrero Álvarez, que desempeñó durante años el cargo de delegado regional de Compañía Trasatlántica Española y es el autor del libro Trasatlántica y la emigración canaria a América, dedica un capítulo del mismo al viaje que hizo la flamante Miss Europa 1970, Noelia Afonso Cabrera, a bordo del trasatlántico Montserrat, a finales del mes de julio de 1971.

Forjada, desde entonces, una entrañable amistad entre ellos, a raíz de la publicación de este interesante libro, Manuel Marrero Álvarez quiso obsequiar a la familia Puig-Afonso con unos ejemplares del mismo, lo cual se llevó a cabo recientemente en un emotivo y gratísimo encuentro celebrado en Playa de las Américas, convirtiéndose la ocasión, además,  en una evocación cariñosa de aquel viaje.

El citado capítulo, que aquí reproducimos, dice lo siguiente:

“Corría el año 1971, cuando el 26 de julio, a las ocho de la noche, sale de la bahía santacrucera la turbonave Montserrat con destino a Puerto España (Trinidad), Kingston (Jamaica), La Guaira (Venezuela) y Curazao (Antillas Holandesas). El barco iba al mando del capitán Adolfo F. López Merino y en Santa Cruz de Tenerife embarcaron 85 pasajeros, todos destinados a Venezuela.

También lo hizo Miss Europa, la bellísima tinerfeña Noelia Afonso Cabrera, la cual viajaba en compañía de su hermana Margarita, para realizar el viaje redondo Tenerife-Venezuela-Tenerife. Asimismo iba en el buque, su prometido Santiago Puig Serratusell, que meses más tarde iba a convertirse en su esposo. La ceremonia de la boda tuvo lugar el 8 de enero de 1972, en la Santa Iglesia Catedral Basílica de Barcelona.

Noelia Afonso saluda al capitán López Merino, entre su hermana Margarita y Candelaria Díaz, esposa de Manuel Marrero Álvarez

Noelia Afonso, bella y radiante, entre Manuel Marrero Álvarez y el primer oficial del trasatlántico "Montserrat"

A bordo del Montserrat, todo fue especial en este viaje. Según contaron testigos directos, a las comidas suculentas, tradicionales de la compañía, se prodigaron los espectáculos nocturnos, programas musicales y todo tipo de festejos, de los que fueron protagonistas los pasajeros del buque, que guardaron un recuerdo imborrable de esta travesía. El capitán López Merino, que anteriormente había ejercido labores de sobrecargo en otros barcos de la Trasatlántica, era un consumado experto en este tipo de actos y por ello no extrañó el éxito del viaje.

Además, el buque se encontraba en óptimas condiciones, después de las reparaciones y mejoras a que fue sometido, como consecuencia de una desgraciada aventura en el Atlántico un año antes. Fue un excelente reclamo para la Compañía que veía cómo, a pesar del tiempo transcurrido y de la nueva y mejor imagen, los emigrantes y pasajeros en general evitaban viajar en este barco, pensando todavía que los contratiempos eran sus inseparables aliados.

Así era el trasatlántico "Montserrat" cuando Noelia Afonso viajó a Venezuela

Pero a partir de este viaje todo cambió. El número de pasajeros aumentó en el Montserrat y ya no había tanta diferencia con su hermano el Begoña, que arrasaba en el tráfico de Venezuela. Dio mucha tranquilidad y seguridad al pasaje ver que Miss Europa 1970, eligió este barco cuando muy bien pudo haber escogido otro de esta u otra compañía, porque, con toda seguridad, ofertas no le faltaban.

El regreso se produjo el 24 de agosto, prácticamente un mes después y al desembarcar en Santa Cruz de Tenerife, mientras bajaba por la escala del buque, la bella y encantadora Noelia daba muestras de radiante felicidad por lo placentero del viaje y las múltiples atenciones recibidas a bordo.

Contrastó la alegría, simpatía y belleza que nuestra Miss Europa paseó por el Montserrat, con la tristeza que se respiraba en el momento de la salida sin su presencia a bordo. El buque zarpó el día 25 del citado agosto a las siete de la mañana, con destino a Lisboa, Vigo y Southampton”.

Noelia Afonso entre Manuel Marrero Álvarez, su esposo Santiago Puig Serratusell y Juan Carlos Díaz Lorenzo