De la mar y los barcos


La blanca estela del velero “Galatea”

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Muchas fueron las escalas del velero Galatea en el puerto palmero a lo largo de sus cuarenta años de servicio en la Armada española. Y desde el principio su relación fue de afecto y de amistad, de ahí que su memoria sea todavía recuerdo vivo en la historia de la ciudad marinera de Santa Cruz de La Palma.

Cuando la fragata Nautilus fue retirada del servicio, la Armada estudió con detalle el problema que planteaba la sustitución de un velero en funciones de buque-escuela. En 1921 fueron adquiridos, con cargo a la ley Miranda, los buques Clarastella y Augustella, dos antiguos veleros ingleses, por entonces italianos, que estaban en venta y se encontraban en aceptables condiciones de casco y aparejo.

Por R.O. de 8 de mayo de 1922 adoptaron los nombres de Galatea y Minerva. El primero fue dedicado a buque-escuela de marinería, aunque en algunos viajes llevó alumnos de la Escuela Naval, mientras que el segundo se destinó para las prácticas de los futuros oficiales, de acuerdo con lo dispuesto en una R.O. de 2 de junio de 1924, para lo que viajó a Cádiz, donde se procedió a su reacondicionamiento. Entre tanto, el buque-escuela Galatea fue recorrido en los astilleros de Monfalcone y zarpó rumbo a España, con escalas en Brindisi y Palermo, arribando a Cartagena el 14 de diciembre del citado año.

Decidida su continuidad como buque-escuela, primero tuvo el casco pintado de negro y más tarde de blanco esmalte. Entre las novedades de entonces hay que citar la instalación de una estación de TSH. Sólo el puente alto, a popa, deformaba su estampa marinera, un tanto maciza, de barco hecho para navegar en el duro tráfico del trigo australiano y del salitre chileno, en los que siempre tenía que doblar el temido Cabo de Hornos.

A popa, sobre los pescantes, llevaba dos bidones de gasolina -que conservó durante muchos años- dispuestos para arrojarlos al agua en caso de emergencia. Un publicista naval inglés, al referirse al velero transformado, los confundió con cargas de profundidad, pues en su descripción del buque le asignaba este tipo de defensa antisubmarina para el adiestramiento de los aprendices marineros.

En contra de otras opiniones que asignan su transformación en buque-escuela en los astilleros de Monfalcone y, otros en Ferrol, lo cierto fue que los trabajos se realizaron en la factoría de Echevarrieta y Larrínaga, en Cádiz, según contrato firmado el 30 de abril de 1923 y en ese mismo año pasó a tercera situación, siendo su primer comandante el capitán de fragata Ramón Martínez y del Moral, nombrado para dicho destino el 19 de octubre de 1922.

La puesta en servicio del Galatea permitió devolver a su condición netamente militar a los cruceros Cataluña y Reina Regente, que intervinieron en la guerra de Marruecos.

El 8 de julio de 1931, el Galatea se encontraba en el puerto de Santa Cruz de La Palma y su tripulación participó activamente en las labores de extinción del incendio de la sede de la sociedad La Investigadora, que por entonces estaba ubicada en el solar que después ocupó el Parador Nacional de Turismo.    

El 18 de julio de 1936, el Galatea -comandante, capitán de fragata Fausto Escrigas Cruz- se encontraba en alta mar rumbo a Santa Cruz de La Palma. Había salido de Ferrol el 10 de julio con 24 guardiamarinas y 150 cabos y marineros aprendices de la Escuela de Maniobra. “Tanto unos como otros -explica Ricardo Cerezo- constituyen lotes de hombres profesionales que significan un apetecible refuerzo humano para cualquiera de los dos bandos enfrentados desde el 17 de julio. Es por ello que desde el primer momento los jefes y oficiales afectos al Gobierno -en el Ministerio de Marina- y sus adversarios -en la base naval de Cádiz, donde el Juan Sebastián de Elcano actúa de estación de radio de los marinos sublevados- se esfuerzan, a través de la radio, en atraer a sus respectivas causas al Galatea”.

El personal de radio del Galatea conoció las vicisitudes del alzamiento militar a través de las emisiones de la Ciudad Lineal y de las otras unidades amotinadas contra sus mandos. Sin embargo, en este buque, lo mismo que en el caso del buque-escuela Juan Sebastián de Elcano, la selección del personal, necesaria a causa de las condiciones impuestas por las características y la función docente, sirvió de tamiz para eliminar elementos extremistas y muy pocos profesaban ideas marxistas.

El día 22 de julio, el Galatea fondeó en el puerto de Santa Cruz de La Palma, aún no conquistada por los sublevados, negándose el comandante del buque a desembarcar una sección armada de marinería, solicitada por el subdelegado marítimo para afianzar la isla a favor del Gobierno. Poco después, el comandante Fausto Escrigas dio la orden de zarpar y el día 23 arribó a Santa Cruz de Tenerife, siendo recibido en el muelle por un despliegue de fuerzas del Ejército con su dotación de armas de campaña en previsión, por parte de los mandos militares de la Isla, de que el Galatea, como la mayor parte de los buques de la Armada, pudiera estar en manos de personal adverso al Alzamiento. Poco después de su arribada y en la misma línea de desconfianza, se retiraron del buque los cerrojos de fusil Máuser, los cierres de las ametralladoras y los cuatro cierres de los cañones instalados a bordo para rendir honores.

El buque-escuela "Galatea", fondeado en el puerto de Santa Cruz de La Palma

El buque-escuela Galatea permaneció en Santa Cruz de Tenerife hasta el 16 de agosto, cuando ya se deslindaron -política y geográficamente- los escenarios del conflicto. Entonces recibió orden de proceder a Ferrol, arrumbando al Noroeste, a donde llegó después de doce días de navegación a motor y burlando el bloqueo de que era objeto por parte del destructor Churruca, con base en Málaga, que tenía órdenes de su captura o hundimiento.

La derrota seguida por el Galatea fue bastante alejada de las costas portuguesas y españolas -navegó unas 700 millas a poniente- y recaló sobre la Estaca de Vares y desde aquí, navegando con toda clase de precauciones y en medio de una intensa niebla “que le vino como regalo de Dios”, arribó a Ferrol, en donde fue recibido con un gran entusiasmo y repique de campanas.

 Terminada la guerra civil española, el Galatea volvió a navegar, aunque en viajes cortos y en zonas muy restringidas, pues en septiembre de 1939 comenzó la Segunda Guerra Mundial y a poco que se navegara al N o NW, corría el peligro de entrar en zona de guerra. El casco del buque pintó en sus amuras la bandera de España, símbolo de la neutralidad de nuestro país.

El 16 de mayo de 1943, Santa Cruz de La Palma hizo entrega de la medalla de oro de la ciudad al Galatea y su alcalde, Rafael de la Barreda Díaz, manifestó en aquella ocasión que “queremos, pues, honrarnos –dice la crónica de Diario de Avisos-, vinculándonos así en vosotros a la gloriosa Marina de Guerra española, con toda la admiración y todo el devoto cariño con que La Palma, diminuta peña del Atlántico, vive gozando como suyas vuestras grandezas y sintiendo vuestros reveses, queremos que nuestra medalla de oro sea a bordo de vuestro buque el vocero constante que nos recuerde, llevando siempre nuestros mejores saludos y hablándoles a viva voz de nuestros debidos afectos”.

A partir de 1946 aumentó el número de alumnos y los cruceros de instrucción se extendieron a las Islas Canarias, Azores, Madeira, Cabo Verde y Guinea Ecuatorial. Más tarde, su presencia se hizo internacional y visitó los puertos de Bremen, Amberes, Santa Marta, San Juan de Puerto Rico, Savannah, Nueva York, Bahía de Todos los Santos, Dakar, Liverpool, Dundalk, etcétera. El velero, además, participó en el rodaje de tres películas: Raza -en la que lo disfrazaron como el crucero Vizcaya, con un puente falso; Cruzada en la mar y Un día a bordo del Galatea.

Su último viaje lo rindió en Ferrol el 15 de diciembre de 1959, al mando del capitán de fragata Luis Arévalo Pelluz. Primero quedó amarrado en el Arsenal Militar y en 1961, causó baja en las Listas de la Armada y sesteó en las tranquilas aguas de Ferrol como pontón-escuela a flote amarrado en el muelle de la Estación Naval de La Graña.

Luego se suscitaron varios proyectos, como uno muy singular, de cortarlo en trozos y ensamblarlo en la Casa de Campo, en Madrid. En 1985 permanecía fondeado en La Graña y completamente desarbolado. Diversas ciudades españolas intentaron obtenerlo y sólo Barcelona logró una parte del mobiliario de la cámara. La realidad fue que, por iniciativa de la Liga Naval Española y, en especial, del almirante Ignacio Martel Viniegra, fue remolcado a Sevilla con la intención de rehabilitarlo como un aliciente más de la EXPO 92.

A remolque de los remolcadores Montgó y Punta Roca llegó hasta la capital del Guadalquivir y quedó amarrado frente a la factoría de Astilleros Españoles. Pasó el tiempo y el barco se convirtió en un estorbo para el puerto sevillano. En agosto de 1992 estaba medio hundido y con los signos de un incendio provocado por vagabundos que lo convirtieron en su precario hogar. Para apagar el fuego, los bomberos tuvieron que inundarlo de agua, y nadie se preocupó de que fuera achicada.

Después de dos subastas que fueron declaradas desiertas, el 31 de marzo de 1992 lo adquirió una institución marítima británica llamada Clyde Maritime Trust en ocho millones de pesetas. En junio de 1993 fue remolcado a Greenock (Escocia), donde comenzó una cuidada restauración y desde agosto de 1999 se encuentra expuesto en el muelle de Yorkhill Quay, en Glasgow, con su primitivo nombre de Glenlee, convertido en un importante atractivo histórico y turístico para las gentes amantes de la mar y los barcos. Sus cuadernas soportan más de cien años de historia marinera, así como un denso historial, en el que figuran, en sus primeros años de mar, cuatro vueltas al mundo y 15 navegaciones por el temido Cabo de Hornos.

Foto: Archivo Juan Carlos Díaz Lorenzo




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