De la mar y los barcos


“Blenheim” y “Braemar”, los últimos clásicos de Fred. Olsen & Co.

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Despejado el horizonte de la inmediata posguerra y restablecida la línea mixta que unía el sur de Noruega y la costa oeste de Inglaterra, Fred. Olsen & Co. ordenó a finales de la década de los años cuarenta la construcción de dos nuevos buques mixtos, que recibieron los nombres de “Blenheim” y “Braemar”. El astillero Akers, en Oslo, tenía entonces la grada ocupada para largo tiempo, razón por la cual el armador noruego contrató los cascos en el astillero J.L. Thornycroft & Co. Ltd., factoría de Woolston (Inglaterra).

El buque “Blenheim” fue botado el 16 de agosto de 1950 y su gemelo “Braemar”, el 20 de noviembre de 1952. A continuación fueron remolcados al puerto de Oslo y en el muelle de armamento del astillero Akers se procedió a su acabado a flote. Destinados a la línea Oslo-Kristiansand-Newcastle, el primero entró en servicio en febrero de 1951 y el segundo, en mayo de 1953.

Estampa marinera del buque “Blenheim”, visto por la banda de estribor

El buque “Braemar” fue el último buque mixto clásico de Fred. Olsen & Co

Eran buques de avanzada estampa marinera, con una chimenea llamativa y los tradicionales mascarones de proa, que es uno de los sellos distintivos de Fred. Olsen & Co. De 4.776 toneladas brutas, 2.404 toneladas netas y 1.520 toneladas de peso muerto, median 114 m de eslora total –102 m de eslora entre perpendiculares–, 16,20 m de manga y 5,38 m de calado máximo. Estaban propulsados por un motor Burmeister & Wain, de ocho cilindros, con una potencia de 2.745 kw, que accionaba una hélice y le permitía mantener una velocidad de 16,5 nudos. Alojaban a 250 pasajeros en dos categorías y en las bodegas podían cargar 40 automóviles. Códigos IMO 5046334 y  5050074.

A mediados de la década de los años sesenta, el concepto del ferry se había impuesto definitivamente, de forma que los barcos convencionales dedicados al tráfico de pasajeros de línea regular estaban llegando al final, pues el transporte de vehículos y carga rodada había abierto una nueva etapa. En el verano de 1967, los recién estrenados ferries “Black Prince” y “Black Watch” cubrieron la línea Kristiansand-Harwich rebautizados para la ocasión con los nombres de “Venus” y “Júpiter”.  En septiembre de 1968, Fred. Olsen & Co. fletó el ferry “Chrstian IV” para atender la línea Kristiansand-Hirtshals, en la que compartió singladuras con el ferry “Skagen”, uno de los primeros de su clase construidos en Noruega.

Así quedó el buque “Blenheim”, transformado en el car carrier “Cilaos”

En mayo de 1968 se produjo un incendio a bordo del buque “Blenheim” cuando se encontraba en el puerto de Kristiansand, lo cual aceleró su final en la mencionada línea. En mayo de 1969 fue vendido a la compañía noruega Ugland Rederi, que por entonces estaba adquiriendo protagonismo en el transporte de vehículos y fue transformado en “car carrier” en el astillero de Grimstad y rebautizado “Cilaos”. Durante unos años navegó en la línea Le Havre-Reunión y en 1974 fue vendido a Ocean Car Carriers Pte. Ltd. Abanderado en Singapur, hizo viajes entre el Mediterráneo y Sudamérica y así permaneció hasta septiembre de 1981, en que llegó a Gadani Beach (Pakistán) y en diciembre dieron comienzos los trabajos de desguace.

La popa delata en parte su pasado, pero el buque quedó irreconocible

Por lo que se refiere al buque “Braemar” –primero de este nombre en la historia de la compañía–, permaneció en servicio hasta agosto de 1975. En ese mismo año fue vendido a la compañía Peninsular Tourist Shipping Corp. –controlada por Dashwood Finance Co. Ltd.– y abanderado en Filipinas con el nuevo nombre de “The Philippine Tourist”. En el astillero de Bataan fue transformado en casino flotante y en 1976 se estrenó en su nuevo uso, primero fondeado en la bahía de Manila y después en Cebú, donde operó con el nombre de “Philippine Tourist I”. En 1978 causó baja en el registro del Lloyd’s y parece que fue desguazado en 1980.

Fotos: Albert Weller (northeastmaritime.co.uk), archivo de Juan Carlos Díaz Lorenzo, Rick Cox y Mike Cornwall (col. Chris Howell), vía 7seasvessels.com

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“Black Prince” y “Black Watch”. Dos vidas marineras truncadas durante la Segunda Guerra Mundial

Juan Carlos Díaz Lorenzo

A mediados de la década de los años treinta del siglo XX, Fred. Olsen & Co. (A/S Ganger Rolf) proyectó la construcción de dos buques para la línea regular entre el sur de Noruega y la costa oeste de Inglaterra, en la que el crecimiento de la demanda aconsejaba dotarla de unidades mixtas apropiadas para el citado tráfico. En ellos debía primar el confort para el pasaje y una capacidad de bodega suficiente para el movimiento de mercancías, conscientes, además, del creciente protagonismo que la compañía naviera estaba alcanzando merced a su acreditada competencia.

En 1937 el buque “Bretagne” entró en servicio en la línea Oslo-Newcastle, a modo de adelanto de lo que serían los nuevos barcos entonces en construcción. El proyecto consistía en que, tras la incorporación del segundo de ellos, éste pasaría a cubrir la línea Oslo-Amberes, pero el curso de los acontecimientos frustró los planes, como veremos a continuación.   

De la oficina técnica del astillero Aker, en Oslo –propiedad, asimismo, de la familia Olsen–, salieron los planos de dos buques gemelos que recibieron los nombres de “Black Prince” y “Black Watch”, construcciones números 473 y 474 de la mencionada factoría. Eran unidades de 5.039 toneladas brutas, 3.431 toneladas netas y 2.935 toneladas de peso muerto y medían 117,58 m de eslora total, 16,15 m de manga y 5,64 m de calado máximo. Podían alojar a 250 pasajeros –de ellos, 200 en primera clase y 50 en segunda clase– y estaban propulsados por dos motores Burmeister & Wain, de nueve cilindros cada uno, con una potencia de 5.600 caballos, que accionaban ejes independientes y le permitía mantener una velocidad de 18 nudos.

Estampa marinera del buque “Black Prince”, en sus pruebas de mar

El casco del buque “Black Prince” fue botado en diciembre de 1937 en ceremonia que amadrinó la princesa Martha y en mayo de 1938 realizó las pruebas de mar, en las que alcanzó una velocidad de 18 nudos. El mascarón de proa, que se conserva, es obra de Emil Lie. En el mes de julio siguiente se estrenó en la línea Oslo-Kristiansand-Newcastle, en la que causó auténtica sensación, como recoge la prensa noruega e inglesa de la época.

Su gemelo “Black Watch” fue botado el 2 de junio de 1938, amadrinado por lady Mary Dormer, esposa del embajador de Inglaterra en Oslo. El mascarón de proa era obra del escultor Ørnulf Bast y entró en servicio a comienzos de 1939. La decoración de salones, comedores y camarotes fue encomendada al arquitecto Arnstein Arneberg y el artista Aage Stortein, ambos muy conocidos y reputados en Noruega. Ambos buques cubrieron la rotación semanal en una travesía de tres días entre cada puerto con un indudable éxito y buenas perspectivas, que se vieron truncadas en septiembre del citado año. 

El comienzo de la Segunda Guerra Mundial selló el destino de los dos buques de Fred. Olsen & Co.  Amarrados en el puerto de Oslo, allí se encontraban cuando en mayo de 1940 el país fue invadido por las fuerzas del III Reich. El 24 de agosto, el buque “Black Prince” pasó a manos de la Luftwaffe para servir de hotel flotante de oficiales y pilotos. En ese mismo cometido, a finales de marzo de 1941 fue transferido a la Kriegsmarine y a mediados de mayo hizo viaje a Danzig, siendo utilizado como nodriza de apoyo a los submarinos de la 25 Uboot Flotille. En septiembre fue rebautizado “Lofjord” y en esa condición se encontraba cuando el 14 de diciembre se produjo un incendio que causó graves daños en el buque y provocó la muerte de 28 personas, entre ellos dos comandantes, un jefe de máquinas y cinco oficiales de submarinos. En febrero de 1942, los restos del “Black Prince” fueron utilizados para prácticas de tiro de la Luftwaffe y cuando acabó la guerra permaneció largo tiempo hundido, hasta que, reflotados los restos, en noviembre de 1951 fue remolcado y desguazado en Amberes (Bélgica).

El buque “Black Watch” también tuvo corta vida marinera

Por lo que se refiere al buque “Black Watch”, de Oslo pasó a Tondheim. En agosto de 1940 pasó a depender de la Kriegsmarine, siendo utilizado como hotel flotante en Kirkenes. Entre septiembre de 1940 y julio de 1943 estuvo fondeado en Kafjord, donde el 26 de marzo de 1941 fue abordado por el rompehielos “Fjarli”. El 19 de agosto de 1942 embarrancó en Tromso y hasta finales de año se produjeron varios percances de importancia: en octubre colisionó con el buque alemán “Triton” en aguas de Sorkjomen; y en noviembre repitió la faena con los buques “Sardinia”, noruego, en Narvik y “Transport”, de la misma bandera, en Hammerfest.

En 1943 fue utilizado como alojamiento flotante para las tripulaciones de los submarinos alemanes. El 4 de mayo de 1945 resultó hundido en un ataque aéreo inglés cuando se encontraba en la base de Kilbotn, cerca de Harstad. Aviones caza Avenger y Wildcat catapultados desde los escoltas “HMS Queen”, “HMS Searcher” y “HMS Trumpeter”, atacaron y alcanzaron de lleno al elegante “Black Watch” que se partió en dos después de una formidable explosión.

Tras la invasión de Noruega, los alemanes establecieron una administración militar que coexistió con un gobierno civil formado por noruegos simpatizantes de la Alemania nazi. La situación se prolongaría hasta mayo de 1945, cuando se rindieron los últimos ocupantes y la resistencia ejecutó a los máximos colaboracionistas del régimen alemán, acusados de alta traición a su pueblo. La familia Olsen consiguió abandonar el país y vivió el exilio en Canadá y pagó alto precio en pérdidas de barcos, vidas humanas y otros bienes. Durante ese tiempo, Thomas Olsen contrató los servicios de Thor Heyerdhal, que actuó como profesor e instructor de sus hijos.

Fotos: Archivo de Juan Carlos Díaz Lorenzo

 



La vida marinera del tercer “Bretagne”, de Fred. Olsen & Co.

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Hubo un tiempo, entre 1937 y 1958, exceptuando los años difíciles de la Segunda Guerra Mundial, en los que la motonave “Bretagne” enarboló la contraseña de Fred. Olsen & Co. y cubrió las líneas regulares Oslo-Amberes y Oslo-Newcastle, asegurando así el tráfico mercante entre los respectivos destinos y su origen en la capital de Noruega.  Dicho buque había sido diseñado y construido específicamente para ello y sobre planos se tuvo en cuenta una acomodación suficiente para el pasaje, susceptible de ser ampliada si así lo justificaba la demanda y capacidad de bodegas para el volumen de carga que entonces existía.

Este buque fue el germen de una línea que, en el transcurso de poco tiempo motivaría la construcción de dos barcos gemelos –“Black Prince” y “Black Watch”–, puestos en servicio en 1938 y 1939. Tuvieron muy corta vida marinera, pues se perdieron durante la Segunda Guerra Mundial. Entre 1951 y 1953 entraron en servicio dos nuevas unidades –“Blenheim” y “Braemar”– que, unidos al veterano “Bretagne” consolidarían el éxito en las mencionadas líneas de la naviera noruega tan arraigada en Canarias.

La motonave noruega “Bretagne”, en sus pruebas de mar

Ello nos permite conocer, además, la evolución de su presencia en el tráfico marítimo de pasajeros y comprender cómo ha alcanzado y mantenido su sólido prestigio en el transcurso del tiempo. La naviera tiene una demostrada experiencia no sólo en la línea entre Noruega e Inglaterra, que se mantuvo hasta hace pocos años, cuando fue cedida a Color Line. Hemos de mencionar las dos décadas –entre 1966 y 1986– de los buques “Black Watch”, “Black Prince” y “Blenheim” en la línea entre Canarias y el protagonismo actual de Fred. Olsen Cruise Line y Fred. Olsen Express.

Construcción número 470 del astillero Akers, en Oslo (Noruega), el buque “Bretagne” –tercero con este nombre en la historia de Fred. Olsen & Co.– entró en servicio de abril 1937 y se estrenó en la línea Oslo-Amberes. A comienzos de 1940 quedó amarrado en el puerto de la capital noruega y cuando los alemanes invadieron el país escandinavo, en abril del citado año, el buque de esta historia quedó amarrado a la espera de acontecimientos. A finales de marzo de 1941, la Kriegsmarine lo utilizó como hotel flotante y en 1943 hizo algunos viajes como transporte militar.

El buque “Bretagne”, durante la Segunda Guerra Mundial

Los alemanes establecieron una administración militar que coexistió con un gobierno civil formado por noruegos simpatizantes de la Alemania nazi. La situación se prolongaría hasta mayo de 1945, cuando se rindieron los últimos ocupantes y la resistencia ejecutó a los máximos colaboracionistas del régimen alemán, acusados de alta traición a su pueblo. La familia Olsen consiguió abandonar el país y vivió el exilio en Canadá y pagó alto precio en pérdidas de barcos, vidas humanas y otros bienes. Durante ese tiempo, Thomas Olsen contrató los servicios de Thor Heyerdhal, que actuó como profesor e instructor de sus hijos.

Recién acabada la guerra, en mayo de 1945 el buque “Bretagne” pasó a cubrir la línea Oslo-Newcastle y a partir de 1953, la línea Oslo-Amberes. En 1958 fue vendido a la compañía Hellenic Mediterranean Lines, de El Pireo (Grecia) y enarboló su nuevo pabellón rebautizado con el nombre de “Massalia”. A partir de entonces navegó en una línea regular entre los puertos de Marsella, Génova, El Pireo, Limassol, Beirut, Port Said y Alejandría. En abril de 1967 quedó amarrado en El Pireo y siete años después fue desguazado en la bahía de Eleusis.

Publicidad del buque “Bretagne” en la línea Oslo-Amberes

Espacios interiores del buque “Massalia”, en un folleto publicitario

Rebautizado “Massalia”, en su etapa griega

De 3.285 toneladas brutas, 1.960 toneladas netas y 2.679 toneladas de peso muerto, medía 95,74 m de eslora total, 13,97 m de manga y 5,51 m de calado. Estaba propulsado por un motor Burmeister & Wain, dos tiempos, simple efecto, de nueve cilindros y 2.800 caballos de potencia, que le permitía mantener una velocidad de 16 nudos. En origen tenía capacidad para 148 pasajeros. Después de la guerra fue ampliada a 346 pasajeros, de ellos 94 en primera clase.

Era un barco bonito, bien proporcionado, de proa lanzada y popa redonda, con el puente de madera y una chimenea baja. Disponía de dos cubiertas para uso y disfrute del pasaje, además de camarotes en las bandas de la cubierta principal. El mascarón de proa fue diseñado por Emil Lie y representa a una hija de un granjero francés de la región de la Bretaña con una cesta de frutas sobre su cabeza. En la actualidad puede verse expuesto en la sede central de Fred. Olsen & Co., en Oslo.

Fotos: Archivos de Juan Carlos Díaz Lorenzo,  warsailors.com y timetableimages.com



Dos estampas del puerto de Santa Cruz de Tenerife

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Desde 1947, el puerto de Santa Cruz de Tenerife se había convertido en escala obligada de las líneas de los trasatlánticos de la emigración que, desde varios puertos europeos, llevaban a bordo a miles de pasajeros que buscaban un nuevo amanecer en Centroamérica y América del Sur. Eran escalas técnicas, para suministrarse combustible, víveres y agua. Unas horas de descanso apenas para iniciar de nuevo la travesía trasatlántica de varias singladuras por la proa.

A medida que las circunstancias políticas lo permitieron, desde comienzos de la década de los cincuenta también empezaron a salir remesas de emigrantes canarios, preferentemente hacia Venezuela y en menor medida a Brasil, Uruguay y Argentina, uniéndose así a griegos, italianos, portugueses, españoles de otras regiones peninsulares y de otras nacionalidades camino del ilusorio El Dorado.

El muelle Sur, pleno de barcos, desde el monumento de Plaza de España

En las fotos que acompañan, vemos la línea de atraque del muelle sur del puerto de Santa Cruz de Tenerife al completo y en ella distinguimos al hermoso trasatlántico italiano “Conte Biancamano”, impoluto, pintado de blanco y con sus dos elegantes chimeneas, cuando cubría la línea de Venezuela, después de haberlo hecho durante muchos años, antes de la Segunda Guerra Mundial, en la línea de Argentina en unión de su gemelo “Conte Grande”.

Por su proa está atracado el crucero “Canarias” y por delante de éste el petrolero “Campanario”, de la flota de CAMPSA, en uno de sus habituales viajes entre Tenerife y puertos de la Península, atendiendo los tráficos del Monopolio. Por la popa del trasatlántico italiano vemos el vapor “Roméu” o su gemelo “Escolano” y, a continuación, la emblemática motonave “Villa de Madrid” antes de su reforma y uno de los fruteros de Fred. Olsen tipo “Bajamar”.

Sigue uno de los correíllos grandes –quizás el vapor “La Palma”, el mismo que hoy sestea tranquilo en el muelle norte esperando su reconstrucción, que tiene visos de continuidad- y la motonave “San Juan de Nepomuceno”, el último de los barcos que compró Álvaro Rodríguez López después de la guerra civil. La farola del mar –la de la copla señera, sí, la que esta noche no alumbra-, la histórica marquesina por la que desembarcó Alfonso XIII en 1906, siendo un joven monarca, dan resguardo a varios motoveleros y veleros de la pesca artesanal.

Al fondo, en el fondeo, vemos el petrolero “Gerona”, pintado de negro, esperando órdenes de CEPSA. Fue el primero que tuvo la Compañía Española de Petróleos y salió a navegar en 1942, en plena guerra mundial. Con el esfuerzo de sus tripulantes consiguió asegurar una parte del suministro de crudo traído de Venezuela para la refinería de Santa Cruz de Tenerife, la primera de corte moderno que existe en España, inaugurada en diciembre de 1930.

La segunda foto nos hace evocar el trozo del muelle de ribera que entonces existía. Abarloados vemos a cuatro submarinos españoles que daban escolta al crucero “Canarias”. Al cronista le parece recordar que de aquí siguieron viaje a Guinea Ecuatorial, extremo que espera confirmar con la debida consulta en el archivo documental.

El muelle de ribera, a finales de la década de los años cincuenta

A continuación aparece el vapor “Capitán Segarra”, de la flota de Compañía Trasmediterránea, pendiente de cargar fruta, pues vemos la hilera de camiones que aguardan turno para el transbordo. Y por la popa de éste una de los cañoneros de la posguerra española tipo “Magallanes”.

En el fondeo interior de la bahía, anclados a barbas de gato, aparecen dos fruteros del norte de Europa: uno es de la compañía OPDR, tipo “Tazacorte” y el otro es de la compañía sueca Svea Line, tipo “Folías”. En el muelle norte, un viejo vapor que se salvó de la guerra civil y de la guerra mundial, posiblemente “El Montecillo” o “El Condado”, asiduos visitantes del puerto tinerfeño en aquella época, dedicados al tráfico de graneles.

A la derecha de la imagen aparece perfectamente definida la Avenida de Anaga, aunque su nombre oficial es avenida Francisco La-Roche. Todavía se aprecia parte del muro defensivo de la batería de San Pedro, una de las fortalezas de Santa Cruz que tomaron parte en la defensa de la ciudad frente al ataque invasor de Nelson, el 25 de julio de 1797.

Las fincas de plátaneras de Ventoso, el varadero de Industrias Navales de Tenerife, la Comandancia de Marina y el edificio en construcción de la Junta de Obras del Puerto (hoy Autoridad Portuaria), dos proyectos del arquitecto tinerfeño José Enrique Marrero Regalado, el segundo en colaboración con el ingeniero Miguel Pintor González; las viviendas del personal de la citada JOP, el Club Náutico y, al fondo, en la ladera, las casas del barrio de La Alegría y el trazado de la pista que permite el acceso a la montaña de La Altura.

Pepe Marrero, viejo y buen amigo, me envía esta foto para que le ayude a identificarla. Lo he hecho con mucho gusto y, al mismo tiempo, dejo constancia de ello para quienes estén interesados en conocer un poco más de la historia de la mar y los barcos y del acontecer marítimo de Santa Cruz de Tenerife.

 Foto: Autoridad Portuaria de Santa Cruz de Tenerife



La última singladura del doctor Pedro de las Casas Alonso

Juan Carlos Díaz Lorenzo

A comienzos de 2008, el doctor Pedro de las Casas Alonso contactó con quien suscribe para ofrecerme que le escribiera el prólogo de su libro titulado Navegación de cabotaje en el Sur de Tenerife, encargo que acepté con sumo agrado y me permitió conocerle, al igual que a su esposa, Pilar Monteagut Rodríguez, forjándose, a partir de entonces, una entrañable amistad.

Pedro de las Casas quedó satisfecho con el texto que le preparé y yo feliz de que fuera así. El libro se presentó en los primeros días de septiembre de 2009, fecha en la que me encontraba ausente, por lo que no pude asistir, pero supe que fue un éxito rotundo y más con la presentación de mi buen amigo Juan José Arencibia de Torres.

El citado libro está en mi mesa de noche y aunque lo he leído ya unas cuantas veces, vuelvo a releerlo con verdadero placer. Es un deleite para la memoria y los sentidos. Hacía tiempo que no hablaba con su autor y, sorpresas de la vida, al día siguiente de la última vez en la que estuve releyendo en dicho libro el protagonismo de José Peña Hernández, supe la noticia de su fallecimiento, lo cual, además de causarme una gran impresión y tristeza, al mismo tiempo y como sentimiento encontrado, también la profunda satisfacción de haberle conocido y tenido entre mis amigos.

A modo de homenaje sencillo a la memoria de un hombre extraordinario, nacido en Adeje y de raíces palmeras, médico de fecundo magisterio en la especialidad de aparato digestivo y que rindió su última singladura a la edad de 79 años, publicamos para conocimiento de nuestros lectores el prólogo de su último libro en coautoría con Sebastián Martín Melo [Sebastián Martín Melo e Hijos, S.L., Santa Cruz de Tenerife 2009].

Portada del último libro del doctor Pedro de las Casas Alonso

Dice así:

“Durante años, muchos años a decir verdad, incluso después de que la carretera general del Sur posibilitase la comunicación efectiva con la capital tinerfeña, el cabotaje mantuvo un destacado protagonismo en la actividad comercial de la comarca Sur y Suroeste de Tenerife, especialmente en el tráfico ‘feeder’ de tomates y frutas, para su posterior transbordo en el puerto tinerfeño, sobre el muelle o al costado de los barcos que habrían de llevar las preciadas cargas verdes a sus destinos de Inglaterra y el Continente.

Sin embargo, el cabotaje había adquirido carta de naturaleza, por obvias razones, desde mucho tiempo atrás, si bien su desarrollo consistente se produce a partir de la década de los años veinte del siglo XIX, época en la que los veleros recorrían las recortadas costas y enlazaban de manera irregular los pequeños puertos y tenederos del Sur de Tenerife y el Norte de La Gomera con la capital de Canarias -que así lo fue Santa Cruz de Tenerife hasta 1927-, cruzando la mar isleña en demanda de cargas y pasajeros, acogidos siempre a la suave limosna de la brisa.

A partir de 1888, con la creación de la Compañía de Vapores Correos Interinsulares Canarios, el panorama de las comunicaciones marítimas en el archipiélago empezó a cambiar. Los primeros barcos de esta empresa, que era una filial de la poderosa naviera británica Elder & Dempster, introdujeron un nuevo concepto, como era la regularidad en el servicio de acuerdo con unos itinerarios previamente establecidos y sometidos a un programa oficial y su correspondiente subvención. En aquella decisión tuvo mucho que ver el ministro Fernando de León y Castillo, cuya memoria enaltece Gran Canaria y su provincia con merecido elogio y, sin embargo, la nuestra le ignora sistemáticamente, acaso por su enardecido y relevante papel en el Pleito Insular que provocó la división provincial.

Por espacio de casi veinticinco años navegaron en la mar isleña los primeros vapores que habrían de recibir el apelativo popular de ‘correíllos negros’, todos ellos con nombres netamente canarios –León y Castillo, Viera y Clavijo, Almirante Díaz, Pérez Galdós, Tenerife … – y algunos fletados -Joaquín del Piélago, Mogador, Rabat, A. Cola, Delfín …- hasta que llegó el concurso de 1911, que volvió a ganar la citada Compañía de Vapores Correos Interinsulares Canarios y justificó la construcción de seis nuevos correíllos, tres grandes -La Palma, León y Castillo y Viera y Clavijo- y tres “playeros” -Lanzarote, Fuerteventura y Gomera-Hierro, pasando éste último a llamarse sólo Gomera cuando en 1929 se compró el vapor Hierro- cuya presencia y memoria está en la mente de cuantos viajaron en ellos y todos los que amamos la mar y los barcos. Estos “nuevos” correíllos hicieron posible las comunicaciones interinsulares y con la vecina costa africana, con un nutrido historial y protagonismo, hasta finales de la década de los sesenta y mediados de la siguiente el último de ellos, caso del vapor La Palma.

Paralelamente surcaron la mar isleña otros barcos de armadores privados, sin subvención estatal, que tejieron una auténtica red comercial, en la que el Sur y el Suroeste tinerfeño se convirtieron en uno de sus escenarios más importantes. Elemento vital para el auge del cabotaje en esta zona de la isla fue, sin duda, el cultivo del tomate y del plátano, cuya presencia en la vasta comarca que abarca desde Granadilla hasta Adeje se remonta a finales del siglo XIX y, en menor medida, el pescado, debido a las explotaciones industriales de Playa de San Juan y Alcalá, todo lo cual queda perfectamente documentado en el libro Navegación de cabotaje en el Sur de Tenerife, del doctor Pedro de las Casas, cuya trayectoria profesional e investigadora resulta honrosa y meritoria.

El autor nos presenta un estudio detallado y preciso, que adquiere su máximo nivel en los capítulos III al VI, titulados Cabotaje en el sur tinerfeño. Una etapa singular; Navieras vinculadas al Sur tinerfeño, Puertos frecuentados por el cabotaje y Ocaso del cabotaje en el Sur tinerfeño, respectivamente.

Capítulos enjundiosos son los dedicados a las navieras vinculadas con el sur tinerfeño y los puertos frecuentados por los barcos del cabotaje, pues se convierten en evocación del pasado y espejo de una etapa importantísima del comercio de Tenerife. Todas las navieras que el doctor Pedro de las Casas recoge en su libro han desaparecido, como así sus barcos, pero nos queda el testimonio de aquellos protagonistas, caso de Enrique Wolfson, Hamilton y Cía., Otto Thoresen, Fred. Olsen & Co., Álvaro Rodríguez López, José Peña Hernández (y su vinculación con la Compañía Tomatera San Miguel) y Juan Padrón Saavedra, por citar sólo a los más destacados. Hemos de precisar, no obstante, que en el caso de Hamilton y Cía., un tramo de la línea sucesoria mantiene su presencia en el sector marítimo, caso de la consignataria Hamilton y Cía., una de las más importantes y prestigiosas de Canarias y respecto a Fred. Olsen, la generación actual que está al frente de la compañía es bisnieta de quien en 1904 llegó a La Gomera.

Junto a estos nombres que han permanecido y permanecen en la memoria colectiva, existen otros personajes que también tienen su espacio en la historia marítima de Canarias y de los que el doctor De las Casas rinde cuenta en su trabajo, teniendo presente, además, a aquellos constructores de barcos que hicieron su mejor labor a orillas de la costa sur de Tenerife, caso de la familia Castellano, en Porís de Abona; José Martín, en Los Cristianos; y Ramón Padilla y Javier Pérez, en La Gomera, entre otros, sin olvidar los antecedentes, y su merecida fama, de los astilleros de Santa Cruz de La Palma y especialmente de los hermanos Arocena, que tanto prestigio dieron dentro y fuera de nuestras fronteras.

No obstante, y sin dudarlo, el cabotaje fue posible gracias al buen quehacer de unos hombres hechos a sí mismos y curtidos en la mar, en las singladuras de mar brava y aparejo aferrado y mar mansa y calma chicha de sol y moscas. Siempre vigilantes y atentos al riesgo que les era consustancial, aunque los barcos tuviera una brújula y en las noches les acompañaban los destellos de los faros de Punta Abona, Punta Rasca, Punta Teno y San Cristóbal, poco entendían aquellos hombres de cartas náuticas y de rumbos trazados y, como dice el doctor De las Casas, ‘casi les bastaba sentir la brisa y el tiro de la vela ( … ) Tanta era la pericia de aquellos marineros, que ha sido comparada con el instinto de las palomas mensajeras y otras aves migratorias, que vuelan inequívocamente hacia el lugar de su destino’.

Vinculados de manera indisoluble con la evolución y el protagonismo del cabotaje en el Sur de Tenerife aparecen un rosario de puertos de escala, que deben su existencia, precisamente, al impacto que sobre ellos mantenía este tráfico, caso de Porís de Abona, El Médano, Los Abrigos, Las Galletas, Los Cristianos, La Caleta y El Puertito de Adeje, Playa de San Juan y Alcalá y los de San Sebastián, Puerto de Santiago, Valle Gran Rey, Vallehermoso, Agulo y Hermigua, en La Gomera, estrechamente unidos a la historia del Sur de Tenerife y del cabotaje y, en el caso de los tres últimos, y debido a las especiales condiciones de la mar y de los enclaves donde se sitúan, por los célebres pescantes, ingeniosos medios mecánicos que hicieron viable el desarrollo económico y la vida misma en años difíciles.

En el caso del sur de Tenerife, Los Cristianos entró en una nueva dimensión a partir de 1974 y ostenta desde hace tiempo el récord de ser el primer puerto de España en número de pasajeros y se ha convertido en un importante nudo en las comunicaciones marítimas con La Gomera, La Palma y El Hierro. En otro tiempo, olvidado por muchos pero felizmente rescatado en este libro del doctor De las Casas, este puerto sureño tuvo un cierto protagonismo en el embarque de puzolanas para la fabricación de cemento. Las siempre mal llamadas “islas menores” no serían lo que hoy son sin el concurso del puerto de Los Cristianos, que hace posible, cada día, la realidad de una de las mejores autopistas marítimas de Europa.

Al desgranar el rosario de los recuerdos, el doctor De Las Casas repasa las vivencias de una serie de barcos que dieron vida al tráfico marítimo a que se refiere su autor. Aquellos barcos, que ya no son en la mar, tenían proa recta, popa de espejo, puente abierto y alta y delgada chimenea, por la que exhaustaban los negros borbotones de humo negro de las calderas que daban vapor a las máquinas ‘compound’ y las alternativas de triple expansión, pues durante bastantes años fueron estas máquinas -y en ocasiones, con la ayuda de aparejos- las auténticas protagonistas de la propulsión mecánica de la mar isleña, si bien a comienzos de la década de los años veinte del pasado siglo llegaron a Canarias las primeras motonaves del tráfico de cabotaje, dos barcos gemelos de Fred. Olsen que muy poco tiempo después pasaron a la contraseña de Álvaro Rodríguez López: Santa Úrsula y Sancho II, sin duda el más célebre y recordado, junto al Águila de Oro, de cuantos barcos han existido en el cabotaje de Canarias.

Además, muchos de aquellos barcos fueron autorizados para llevar pasajeros, tanto en cámara -un privilegio para la época- como en cubierta, dotados de toldos para resguardarse del solajero y de las inclemencias de la mar cuando sopla el alisio y los rociones de agua salada lo impregnan todo. Nombres pertenecientes en su gran mayoría a la matrícula naval de Santa Cruz de Tenerife -Ajax, Sancho, San Sebastián, San Juan, Santa Úrsula, Sancho II, El Guanche, Taoro, Adeje, Isora, Sauzal, Águila de Oro, Alcora, Amelia, Boheme, Breñusca, Delfín, Gavilán, Jesús y María, Mercedes de Abona, San Miguel, San Juan de Nepomuceno, Villa de Arico, Villa de Güímar ... que forman parte de nuestra historia marítima, y sus estampas marineras pintaron el paisaje sureño durante décadas al resguardo de los embarcaderos, unas veces anclados a barbas de gato y otras borneando a merced del viento y de la corriente.

El trabajo del doctor De las Casas se suma al esfuerzo de un reducido grupo de investigadores afanados por el mejor conocimiento de nuestra historia marítima, naviera y portuaria. Estoy seguro de que sin su generoso aporte, ahora felizmente hecho realidad, hubiéramos perdido una parte importante del conocimiento que encierra este episodio destacado de la actividad mercantil, económica y social del Sur de Tenerife.

Hacía tiempo que el doctor Pedro de las Casas quería escribir este libro y ahora ha visto la luz impresa, que es también la luz de la vida y del conocimiento. Feliz iniciativa, por un lado e importante contribución, por otro, sustentada en una sólida base documental, respaldada por vivencias y anécdotas que hacen de Navegación de cabotaje en el Sur de Tenerife un trabajo ameno, atractivo, ilustrativo y solvente. Todo ello, además, convenientemente ilustrado con fotografías, muchas de ellas inéditas, lo que añade mayor valor al libro.

Todo un privilegio. No podría ser de otro modo conociendo a su autor, a quien quiero expresar mi más sincera gratitud por el honor que me concede al escribirle estas líneas”.

 



Del “Buenavista” y “Bismillah” a “El Arcángel” y del “Bonanza” y “Benchijigua” al “Blessed Mother” y “Bahuga Jaya”

Juan Carlos Díaz Lorenzo

Probablemente, al igual que a ustedes, estimados lectores y, sobre todo a quienes conocimos el ferry Benchijigua, llamado después Bajamar, se habrán llevado la misma sorpresa que quien suscribe en el momento de ver la actual imagen del barco, navegando por los mares de Indonesia con el nombre de Bahuga Jaya.  

Reconocemos que, al principio, nos costó un poco tanto por el corte de la proa como por los colorines con los que lo han pintado. Pero, en efecto, es el mismo barco que tanto apreciamos por sus cualidades marineras, por lo mucho que significó para el desarrollo y las comunicaciones marítimas de La Gomera y por la gente que navegó en él y, especialmente, quien siempre fue su capitán titular, Servando Peraza García, actual comodoro de la flota de Fred. Olsen Express, al mando del “fast ferry” Benchijigua Express, el trimarán más grande del mundo; y José García Oliva, jefe de máquinas, profesionales ambos de gran valía, además de personas excelentes y viejos y buenos amigos.

"Bahuga Jaya": de esta guisa navega el segundo "Benchijigua"

Este buque, llamado en origen Bonanza y su gemelo Buenavista fueron construidos por encargo de Fred. Olsen & Co. en los astilleros de Ulsteinvik (Noruega) con una doble finalidad: reforzar la línea frutera Canarias-Continente y Canarias-Inglaterra en los meses de la zafra, como apoyo de los ferries Black Watch, Black Prince y Blenheim y como ferry de pasajeros, en verano, en las líneas del Norte de Europa, continuando así con la larga tradición de líneas regulares que Fred. Olsen & Co. posee desde los años treinta del siglo XX.

El proyecto de los nuevos buques estaba definido a finales de 1969 y el contrato para la construcción del primero de ellos se firmó el 30 de abril de 1970. El 27 de febrero de 1971 se procedió a su botadura con el nombre de Buenavista y el 1 de junio del citado año se entregó a Fred. Olsen & Co., siendo matriculado en el puerto de Kristiansand. El coste final ascendió a la cantidad de 32,5 millones de coronas noruegas.

Construcción número 63 de la citada factoría, entonces era un buque de 2.719 toneladas brutas, 1.471 netas y 725 de peso muerto, siendo sus principales dimensiones 96 metros de eslora total, 16,21 de manga y 4,50 de calado. Propulsado por dos motores Werkspoor 8TM410, con una potencia de 8.800 caballos, acoplados a dos ejes y hélices de paso variable sistema kamewa, que le permitía alcanzar una velocidad de 19 nudos. Disponía de una cámara para 750 pasajeros en clase única repartidos en dos salones y un garaje con capacidad para 200 vehículos y, asimismo, estaba preparado para el transporte de 12 vagones de ferrocarril. Código IMO 7104984.

El ferry "Buenavista", en sus primeros años de mar

Desde su puesta en servicio y hasta 1984, en la temporada de zafra frutera y hortalizas frescas (septiembre a mayo) navegó en la línea de Canarias cumpliendo con los contratos de exportación. A partir del verano de 1971 cubrió la línea Kristiansand-Hirtshals, en la que permanecería cada campaña hasta 1984.

En marzo de 1974 se procedió al alargamiento del casco, insertándole una nueva sección de 11,43 metros, efectuándose los trabajos en los astilleros Nylands, en Oslo.  A partir de entonces fue un buque de 106,43 metros de eslora total y 6,16 de calado, con un registro de 5.123 toneladas brutas, 1.594 netas y 3.180 de peso muerto, disponiendo de capacidad para 900 pasajeros y 240 automóviles.

En diciembre de 1975 el buque fue vendido a la sociedad holandesa Amsterdam Maritiem Transport Maatschappij (AMTM), en realidad una filial de Fred. Olsen & Co., en 32,8 millones de coronas noruegas. El barco siguió atendiendo las mismas líneas en invierno y verano, excepto en la campaña de 1982, en que fue fletado a la compañía finlandesa SF Lines, navegando en la línea Kapellskar-Mariehamm y pintado el casco, en grandes caracteres en color rojo, con el nombre de Viking Line.

El ferry "Buenavista", cuando estuvo fletado por Viking Line

En abril de 1984 el buque fue vendido a la compañía marroquí COMARIT, también participada por Fred. Olsen & Co., siendo abanderado y matriculado en Tánger con el nuevo nombre de Bismillah. Esta nueva etapa tuvo un desarrollo parecido a la anterior, pues en invierno realizó el transporte de hortalizas de Marruecos a los mercados europeos y en verano cubrió la línea Tánger-Algeciras. En varias ocasiones, además, sustituyó al ferry Benchijigua en la línea La Gomera-Los Cristianos con motivo de sus varadas anuales reglamentarias.

Siendo "Bismillah", en su larga etapa con bandera de Marruecos

En su última etapa, mexicano y rebautizado "El Arcángel"

Después de 22 años en este servicio, y cuando el buque contaba casi 34 años de vida marinera, en abril de 2006 fue vendido a la compañía mexicana Naviera San Miguel, siendo rebautizado con el nuevo nombre de El Arcángel. El comienzo de esta nueva etapa estuvo plagado de notables incidencias de diversa naturaleza y acabó como era previsible.

El 12 de noviembre de 2007, con el barco averiado y soplando muy mal tiempo en Puerto Morelos, rompió amarras y encalló sobre un arrecife, en un espacio natural protegido, reavivándose una agria polémica local sobre la presencia de barcos viejos en la zona y el tráfico de influencias para otorgar la licencia de navegación. Transcurrieron nada menos que ocho meses hasta que pudo ser reflotado y, finalmente, en octubre de 2008 fue desguazado, acabando así la vida marinera del antiguo ferry Buenavista.  

El barco quedó varado muy cerca de la orilla de la playa

La imagen ilustra claramente el alcance de la varada

Por lo que se refiere al ferry Bonanza, ahora llamado Bahuga Jaya, es la construcción número 64 del astillero de Ulsteinvik y fue entregado a Fred. Olsen & Co. el 12 de mayo de 1972, siendo matriculado, al igual que su predecesor, en el puerto de Kristiansand. Sus principales características técnicas eran las mismas de su gemelo. Código IMO 7206392.

Su vida marinera comenzó siendo fletado a la compañía finlandesa Silja Lines para atender la línea Marienham-Norrtälje, en la que permaneció hasta finales de agosto del citado año. Es de señalar el dato curioso de que se pintó a media eslora y en grandes caracteres el nombre de la línea y, además, el precio del viaje: 7 coronas. Después, y al igual que ocurriera con su gemelo Buenavista, pasó a cubrir la línea frutera de Canarias y a partir del verano de 1973, la línea Kristiansand-Hirtshals, ampliada, al año siguiente, hasta el puerto de Arendal.

El ferry "Bonanza" se estrenó en Finlandia fletado por Silja Lines

En su etapa como "Bonanza", siendo propiedad de Fred. Olsen & Co.

En el verano de 1976 estuvo fletado por Brittany Ferries y navegó en las líneas Plymouth-Roscoff y Plymouth-St. Malo, acabando la campaña en la línea Kristiansand-Hirtshals. Esta primera etapa de la historia del buque se cerró en el verano de 1980, cubriendo las líneas  Kristiansand- Hanstholm y Arendal-Hanstholm, respectivamente.

En agosto de 1980, el buque fue vendido a Ferry Gomera, una sociedad española de Fred. Olsen, en 300 millones de pesetas. Abanderado en España y rebautizado Benchijigua, en octubre del citado año se incorporó a la línea La Gomera-Los Cristianos, en la que relevó al primer Benchijigua, entonces rebautizado Betancuria, que iniciaría poco después una nueva línea entre Corralejo y Playa Blanca.

"Benchijigua": un barco importante para La Gomera

"Bajamar": segunda etapa en Canarias

En octubre de 1994 el citado buque fue rebautizado Bajamar, mientras que el nombre de Benchijigua había pasado a otro ferry adquirido en Dinamarca, ex Djursland, incorporándose, en unión del ferry Bañaderos –ex Pride of Cherbourg, ex Viking Voyager– a la nueva línea entre Santa Cruz de Tenerife y Agaete (Gran Canaria).

En el verano de 1999, cuando ya se había incorporado el primer “fast ferry” de Fred. Olsen Express, el ferry Bajamar fue fletado a la compañía Açor Lines y pintó en el costado, en grandes caracteres, el nombre de Cachalote. Luego vino una larga etapa de amarre en el puerto tinerfeño –el de su matrícula- y en junio de 2001 fue vendido a la compañía filipina SAM Inc., con sede en Manila, siendo abanderado en St. Vincent & Grandines con el nuevo nombre de Blessed Mother.

Rebautizado "Blessed Mother", atracado en Santa Cruz de Tenerife

Transcurrieron nueve años en los que el buque estuvo navegando por el archipiélago de Filipinas y en 2009 fue vendido a la sociedad indonesia Atosim PT Pelayaran Lampung, siendo rebautizado, como se cita, con el nuevo nombre de Bahuga Jaya, iniciándose así una nueva etapa cuya duración estimamos que no será muy larga, si consideramos, entre otras razones, la aplicación del SOLAS 2010. Otra cosa es que sea de riguroso cumplimiento en aquellas latitudes.

Fotos: Peter Asklander, Bruce Peter, Linus Andersson, Göran Olsson, Christer Samuelsson, Cees De Bijl y Ton Grotenboer (www.faktaomfartyg.com y www.navierasanmiguel.com) y archivo de Juan Carlos Díaz Lorenzo 

 



En otros tiempos del tráfico frutero en Canarias

Juan Carlos Díaz Lorenzo

En las primeras décadas del siglo XX, el plátano canario había conseguido abrirse camino en los mercados de Europa gracias al protagonismo de la flota mercante de vapor, si bien encontró muy pronto dificultades ante la competencia de los productos del área tropical bajo el dominio colonial. Los grandes consumidores de Europa Occidental -Inglaterra, Francia, Italia, Holanda…- tenían entonces y mantienen en la actualidad grandes intereses en países centroamericanos y africanos, también productores de plátanos, con una fruta comercializada por multinacionales y unas flotas mercantes en constante evolución que permite el transporte de la fruta sin que sufra deterioro.

Otro de los factores importantes -como apunta el profesor Wladimiro Rodríguez Brito- radica en el hecho de que los precios del coste en los países tropicales son sensiblemente inferiores a los de Canarias, pues en ellos se trabaja con mano de obra barata y con recursos naturales abundantes, mientras que en las islas se ha producido un incremento en los costes de producción que, en especial por la escasez de recursos naturales, obliga a realizar cuantiosas inversiones en los suelos, en la extracción de agua, etcétera.

Los fundadores de los Sindicatos Agrícolas abrigaron la idea de formar una flota frutera propia que permitiese un tráfico sin intermediarios. En 1916, sus promotores fundaron en La Orotava la Naviera de Tenerife, que tuvo dos vapores: Punta Anaga y Punta Teno, adquiridos de segunda mano en Inglaterra. El mercado de exportación, en esa época, estaba limitado a Francia, Inglaterra, Alemania y Bélgica. La alegría de esta iniciativa duró poco, pues el vapor Punta Anaga se perdió en medio de una tempestad en Puerto de la Cruz y el vapor Punta Teno fue atacado por un submarino alemán el 29 de enero de 1917, cuando navegaba a unas 25 millas de Santa María de Ortigueira.

Esta etapa se corresponde con los años de intensa exportación frutera y bajo la contraseña de Otto Thoresen comenzaron a navegar los pequeños vapores Sancho y San Juan, a los que más tarde se unieron los de la Compañía Marítima Canaria -filial de la británica Elder & Fyffes-, que actuaban como “feeders” y transportaban los huacales de plátanos a los barcos fruteros que desde Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas zarpaban rumbo a Garston.

La Primera Guerra Mundial colapsó las exportaciones agrícolas de Canarias, el paro creció hasta cotas alarmantes y la válvula de escape de la emigración estaba cerrada por el conflicto. El periodista Hermenegildo Rodríguez Méndez analiza la época y escribe que “la falta de exportación de los frutos, especialmente plátanos y tomates, la carencia de tráfico en los puertos y el alza de los precios de consumo, colocan a Canarias al borde de la ruina. Una solución rápida puede estar en el fomento de las obras públicas, para que en ellas encuentren los trabajadores un medio de ganar un jornal, que si bien es insuficiente, por el alto coste de la vida, para que atiendan sus necesidades, podía evitar, no obstante, que cundan el hambre y la miseria”.

La guerra supuso también el amarre de los fruteros -algunos hicieron viajes a puertos africanos- y cuando se hizo sentir la reducción del tonelaje, entre los vapores vendidos a armadores peninsulares figuraban los vapores Sancho y San Juan. La crisis fue considerable, pues en 1918 la escasez del carbón se acentuó de tal modo en Canarias que los tres “correíllos” grandes de la Compañía de Vapores fueron fletados a una naviera peninsular.

Una nueva etapa se abrió cuando el 10 de febrero de 1921 arribó a Santa Cruz de Tenerife el vapor Sancho II, construido en astilleros de Suecia por encargo de Thoresen para dedicarlo al tráfico frutero entre las islas. En ese mismo año, Fred. Olsen adquirió la flota e intereses de Otto Thoresen y poco después se produjo la incorporación del Santa Úrsula, cuya construcción se había iniciado por encargo de sus anteriores propietarios y que habría de perderse el 28 de enero de 1932, después de un pavoroso incendio en la rada de Tazacorte.

De esta fecha data el despegue de la actividad naviera de Álvaro Rodríguez López, que adquirió la flota de la Compañía María Canaria –Santa Eulalia, Santa Elena, San Juan II, San Isidro, Sancho II, Santa Úrsula, etcétera- y es de destacar, asimismo, la presencia del armador Juan Padrón Saavedra, que se inició en el mundo naviero con los buques Boheme, Isla de La Gomera, Águila de Oro y otro barco fletado llamado Mari Eli.

En diciembre de 1928, el Sindicato Agrícola de Exportadores de Santa Cruz de Tenerife adquirió en Bilbao el vapor Consuelo de Huidobro, para cubrir el servicio frutero de cabotaje. Años más tarde fue adquirido por Trujillo Hermanos y con los buques Esperanto y San Carlos inició un servicio regular a Sidi-Ifni después de que dicho enclave fuese ocupado por las fuerzas del coronel Capaz. En 1948 lo adquirió Naviera Compostela y fue modernizado, reformado y rebautizado Río Sarela, nombre con el que, años más tarde, volvería a navegar en aguas de Canarias y así renacieron sus vínculos con La Palma.

En la década de los años treinta, los barcos mixtos de Yeoward fueron clientes asiduos del puerto de Santa Cruz de La Palma. Los consignaba Duque Martínez y mientras realizaban las operaciones portuarias, los pasajeros realizaban una excursión hasta el valle de Aridane y almorzaban en el teatro Monterrey, de El Paso, regresando a la capital palmera para bailar en el Teatro Circo de Marte hasta la hora de salida del barco.

Por entonces, Norddeustcher Lloyd atendía el servicio frutero con los buques Arucas y Orotava. Este último se encontraba en el puerto palmero el 20 de agosto de 1936 y a bordo se celebró un acto patriótico en el que participaron como figuras más destacadas el comandante militar de La Palma, Carmelo Llarena y Bravo de Laguna -quien había sustituido a Baltasar Gómez Navarro- y el capitán alemán Mueller. Se escucharon los acordes del himno nacional y se dieron ¡vivas! a España y a Alemania. En 1939 la citada compañía incorporó dos nuevas unidades al servicio frutero: Ems y Eider, que navegaron en el citado itinerario en unión de los citados Arucas y Orotava.

El vapor alemán "Arucas", en el puerto de Santa Cruz de Tenerife

"San Lucar", uno de los primeros vapores fruteros de Fred. Olsen

"Águila de Oro", uno de los barcos más famosos del cabotaje en Canarias

Obreros del plátano, de faena en el puerto de Tazacorte

Otra compañía alemana, Woermann Linie A.G., también mantuvo una estrecha vinculación con el puerto palmero. Los buques Wameru, Wakawa, Wagogo, Tubingen, Wolfram y Wolpram, siguiendo un itinerario con escalas en Hamburgo, Bremen, Amberes, Lisboa y puertos de la costa africana.

Con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, las exportaciones de plátanos canarios al extranjero sufrieron un colapso. En 1940 se perdieron los mercados de varios países -Alemania, que había sido el más importante hasta 1939, Suecia, Marruecos, etcétera- y se mantuvieron los de Bélgica, Dinamarca, Holanda, Inglaterra y Suiza, aunque con importantes reducciones en el volumen de fruta exportada. Sólo se produjo un aumento en el caso de Suiza.

Durante la guerra, el grueso de la producción platanera estuvo destinada a la Península, además de atender el mercado local. En la flota canaria, al igual que sucediera en la anterior contienda, varios de aquellos pequeños vapores –Isla de La Gomera, Isora, San Juan II, etcétera- que aseguraban el transporte entre las islas fueron vendidos a armadores peninsulares.

Finalizada la contienda se produjo la reapertura de los mercados extranjeros y se enviaron de nuevo plátanos a antiguos compradores, caso de Bélgica, Dinamarca, Francia, Italia, Noruega, Suecia y Suiza, en cantidades pequeñas que fueron incrementándose progresivamente hasta que en 1950, por ejemplo, Inglaterra se había convertido en el principal comprador, oscilando entre el 65% y 80% del volumen total. Tal importancia tuvo que uno de los muelles fruteros de Londres recibió nombre isleño: “Canary Warft”, en el que, en la actualidad, se alza el edificio más alto de la capital británica.

El sistema de comercialización hacia el exterior tuvo, asimismo, un papel singular. Con el protagonismo de la CREP, basado en las ventas en firme. Durante años se practicó la modalidad de la entrega de la fruta al costado del barco a las empresas compradoras, con un tipo de contrato que presentada múltiples dificultades. La más destacada era que al pagar los plátanos de uniforme con un mismo precio para toda la fruta, los exportadores no seleccionaban adecuadamente la que enviaban al exterior o incluso entregaban la peor fruta para la exportación, cuidando la mejor para el mercado peninsular a la que se vendía “en consignación”.

Ello motivó un deterioro en el exterior de la imagen del plátano de Canarias, produciéndose situaciones como la del mercado sueco, que se negó a renovar el contrato con Tenerife y Gran Canaria, aceptando únicamente plátanos de La Palma, dada la calidad de la fruta entregada por nuestra Isla en la década de los cincuenta y la picaresca constante de los exportadores de las otras islas.

En 1959, Yeoward negoció con Naviera Aznar una participación en el tráfico frutero entre Canarias a Inglaterra, por el que la naviera española aportaba los barcos y los primeros atenderían el tráfico en calidad de agentes. Por esa razón aparecieron anuncios en la prensa de la época, en los que barcos fruteros de Aznar aparecían fletados por la firma británica.

Entre tanto se produjo un hecho histórico que, por su trascendencia en el momento, hemos de citar. Se trata de la primera escala de un buque de bandera soviética en el puerto palmero, lo que acaeció el 24 de septiembre de 1967, cuando quedó atracado el frigorífico Ingur, que arribó para cargar un primer envío de plátanos con destino a la URSS. Un gemelo de éste, llamado Aragwi, hizo su primera escala el 5 de julio de 1968.

A finales de la década de los cincuenta se produjo la apertura de mercados en otros países europeos -Finlandia, Noruega e Italia-, así como Marruecos, hasta que a mediados de la década de los sesenta se produce el declive de las exportaciones al extranjero. Entre 1970 y 1972, el volumen apenas alcanzaba el 10%, y a partir de ese año el 1,5% de la producción total. En 1976 se colocaron poco más de 3.500 toneladas de plátanos en Argelia, único año en el que hubo exportación de Canarias hacia ese país y en 1978 se suspendió definitivamente el envío de plátanos al exterior.

La participación de La Palma en el tráfico de la exportación frutera justificó el establecimiento de consignatarias y la presencia en el puerto de la capital insular de las flotas de buques de navieras nacionales como extranjeras, que cargaban los huacales en sus bodegas y sobre cubierta para continuar viaje hacia sus destinos europeos.

Y aunque en los primeros años de este siglo el transbordo estuvo centralizado en el puerto tinerfeño, en el que tuvieron un especial protagonismo las flotas de bandera británica, alemana y noruega -Yeoward, Forwood, Otto Thoresen, Fred Olsen, OPDR, etcétera- desde las otras islas productoras de plátanos se estableció un auténtico servicio “feeder” que estuvo atendido por las flotas de la Compañía Marítima Canaria, Álvaro Rodríguez López, Juan Padrón Saavedra, etcétera.

Sin embargo, cuando las condiciones operativas del puerto palmero lo permitieron, los fruteros iniciaron sus escalas y con ello, además de abaratar costes, permitía una mejora en las condiciones de embarque de la fruta, que, del huacal de los años veinte, pasó después a la piña envuelta en papel y pinocha, más tarde al pallet, modalidad que en la actualidad comparte con el “trailer” y el contenedor frigorífico.

Hasta que la red de carreteras experimentó sensibles mejoras, en La Palma también existió un servicio “feeder” entre los pequeños puertos de la isla -Tazacorte, La Fajana, Talavera y Puerto Spíndola, principalmente- con el de la capital, para luego abarloarse al costado del frutero de turno y proceder a las operaciones de transbordo.

El especial protagonismo del puerto palmero en este tráfico -sin olvidar a las compañías nacionales, como Trasmediterránea o Pinillos- se produjo después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se realizaron exportaciones directas a países como Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, Finlandia, Francia, Inglaterra, Irlanda, Italia, Holanda, Malta, Noruega, Suecia, Suiza y Marruecos, sin olvidar el mercado peninsular, que estuvo centralizado durante muchos años con la recepción en el puerto de Barcelona. También se produjeron otros embarques, aunque de menor importancia, para destinos como Checoslovaquia, Libia, Túnez, Grecia, URSS, Yugoslavia y Argelia.

Entre las navieras extranjeras que participaron en ese tráfico y que hicieron escalas regulares en el puerto de la capital palmera destacan las alemanas OPDR, Norddeutscher Lloyd, Woermann Linie, Yeoward y la sueca Svea Line y son de citar, asimismo, los envíos con destino a Copenhague, a cargo de la naviera Det Forenade; a Helsinki, que cubría Gorthon Line; a Hamburgo y Bremen, con los barcos de OPDR y Norddeutscher Lloyd; a Oslo y Rotterdam, a cargo de Fred. Olsen Lines; y a Marsella y Génova, con Chargeurs Reunis y SNC, entre otros.

OPDR siempre tuvo la deferencia de bautizar a sus barcos con nombres de los puertos de su itinerario. De ahí que los nombres de Tenerife, Las Palmas, Ceuta, Casablanca y Rabat, que en la década de los años treinta cubrían la línea de Hamburgo y Bremen y los vapores Palos, Pasajes, Larache y August Schulte, la de Amberes. En 1952 puso en servicio un nuevo frutero bautizado con el nombre de Tazacorte. Su consignatario en el puerto de Santa Cruz de La Palma era la acreditada firma Juan Cabrera Martín.

Publicado en DIARIO DE AVISOS, 17 de septiembre de 2006

Fotos: Archivo de Juan Carlos Díaz Lorenzo y Francisco Rodríguez Sánchez