De la mar y los barcos


Intercambio profesional en Bilbao

Rafael Jaume Romaguera (*)

Este artículo está disponible en el siguiente enlace:

http://www.juancarlosdiazlorenzo.com/?p=1492

Anuncios


Recuerdos de mi primer embarque en el vapor “El Condado”

Tomás González Sánchez-Araña (*)

En estos días, leyendo la crónica histórica sobre el vapor “Aragón”, publicada por mi buen amigo Juan Carlos Díaz Lorenzo en su página web, viene a mi memoria un barco llamado “El Condado” y su gemelo “El Montecillo”, el mismo de las bodegas Montecillo. Eran algo más nuevos que el “Aragón”, pero del mismo estilo, construidos en 1920 y propiedad de la Compañía General de Navegación, con sede en Bilbao.

Los llamaban los  barcos “del gallo” porque llevaban un gallo en la divisa de la chimenea. Eran muy populares en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, donde recalaban todos los meses para hacer “bunker”, provisiones frescas, sin olvidar la “aguada”, porque nuestro puerto tenía fama de la mejor agua potable de esta parte del Atlántico.

El viaje de ida lo hacían con carga general para la antigua Guinea Española, con destino a los puertos de Bata, Santa Isabel y especialmente a Puerto Iradier, que no sé cómo se llamará ahora, pero los nativos lo llamaban Kogo Chico; y regresaban cargados hasta la cubertada de troncos de madera en forma de trozas.

El vapor “El Montecillo”, en Santa Cruz de Tenerife

Estuve de tercer oficial y luego de segundo oficial en el año 1964, esperando para embarcar en la flota de CEPSA. Fue mi primer embarque de piloto. Los demás tripulantes, unos 25, todos vascos (“de aldea”, pues) me trataron especialmente bien, sobre todo su capitán don Ramón Larrauri Beitia y don Alberto Zaldúa, que era el primer oficial.

Para entrar en Puerto Iradier había que adentrarse en el río Muni, dejando por estribor a la entrada la isla de Corisco, famosa por sus guapas mestizas. La estancia del barco fondeado frente al pequeño poblado duraba un par de semanas, cargando las trozas y algunas maderas nobles como el okume y la caoba.

La estiba de las grandes trozas, que introducían en las bodegas, la hacían los nativos con las maquinillas de cubierta y los “water boys” en las balsas al costado. Eran unos artistas estibando y siempre al ritmo de sus cantos. A mí me encantaba cuando me mandaban ir a recontar las balsas de trozas, río arriba en una lancha, en plena selva, operación que duraba todo el día y que se había que hacer, porque la póliza no era “free on board”, sino que había que aceptar la madera en el sitio donde se encontraba recién cortada. En el poblado sólo existía una sucursal de la compañía maderera, un convento de dominicos, un hospital, un puesto de la Armada mandado por un sargento primero y un solo bar.

Yo lo pasé muy bien en el vapor “El Condado”, navegando a velocidad de “crucero lento”, que era de unos ocho nudos e hice en él dos viajes desde la Guinea con destino Bilbao (Zorroza) y Valencia con escalas en Santa Cruz de Tenerife. Se necesitaban más de veinte singladuras para llegar a Bilbao y otras tantas a Valencia, dependiendo del tiempo.

Desde luego, el barco no tenía radar y la navegación se hacía por observaciones astronómicas del sol y las estrellas, y en la costa por navegación costera por marcaciones a los faros y otros puntos conspicuos identificados en la carta marina, ángulos horizontales tomados con el sextante y aquello de marcar “a las cuatro cuartas (marcación 45º) y al través”, cuando el objeto estaba exactamente por el través (ocho cuartas, 90º).

El equipamiento de navegación en el puente se reducía al compás (aguja náutica) y el timón a mano. Aunque el equipo de radar ya se montaba en casi todos los barcos de la época, la economía mal entendida de los armadores de aquel tiempo lo consideraban un lujo. Nuestros armadores eran los hermanos Navajas, dueños también de las bodegas. Con nosotros eran espléndidos. En cada escala en Bilbao invitaban a comer al capitán y a los oficiales y nunca faltaban a bordo los cascos de 500 litros de vino Montecillo.

Se comía de “primera”, como buenos vascos y todo regado con los caldos de Montecillo a granel que nos regalaban los armadores, dueños también de dicha bodega alavesa. Aprendí allí a tomar la “mainquetako”,  saborear la comida vasca y a aficionarme a la lectura, pues en aquella época (1964) el único contacto con “tierra” era el telégrafo operado por morse por el otro tripulante no vasco, don José Agráz, natural de Cartagena, gran persona y de quien conservo magnífico recuerdo.

Me llevaba en cada viaje un montón de libros porque aparte de la radio en onda corta, “cuando se oía”, a bordo no había otra diversión durante las largas travesías. Como digo, lo pasé muy bien en “El Condado”, que como el “Aragón” fue construido en Inglaterra, tenía máquina alternativa de triple expansión y unos camarotes y la cámara de oficiales de madera de teka, que eran una preciosidad.

Muchos años después hubo otro barco llamado “Aragón”, un petrolero español de gran porte, mayor que los más grandes que tuvo CEPSA y que se hizo famoso, entre otros episodios, por su gran contaminación en aguas cercanas a Canarias. Pero esa es otra historia para contarla en otro momento y con la extensión y el análisis que el caso requiere.

(*) Capitán de la Marina Mercante

Foto: Archivo de Juan Carlos Díaz Lorenzo